X ensayos sobre lo colectivo

                                                a Adrián Cangi

 

I

– El disco quedó cualquiera, eso de irla de democrático, para después mandarse a hacer lo que le pinta y cortarse solo con el laburo de todos…

– Sí buéh… lo que pasa es que vos te tomás eso de lo colectivo, demasiado en serio.

 

II

 

III

“Saber que uno defiende una idea es saber que uno está solo”. Morton Feldman.

 

IV

Estamos en un auto, llueve y son las doce de la noche. Adrián nos habla de un libro, un libro que vamos a hacer todos. “Nos lo debemos”, nos dice y tiene razón. Nos conocemos hace más de diez años, hace más de quince. Siento que ellos son mi caso de éxito. Este grupo de amigos del que formo parte desde hace mucho gracias a las fisuras de las instituciones, es verdaderamente un grupo de trabajo horizontal, en el que todos ponen, en el que cada uno suma su singular punto de vista, en el que discutimos incansablemente, modificamos, corregimos, ajustamos, y cuando las cosas están cerca de cerrarse en torno a la idea de que “así está bien”, entonces cambiamos todo y empezamos de nuevo. Somos un monstruo inconforme con una docena de ojos puntiagudos, bocas que desafinan al unísono o callan estrepitosamente, inventándonos error tras acierto, nuestros cuerpos entretanto siguen bombeando sangre. Nos lo debemos, pero mi pierna izquierda empieza a dormirse, siento que los músculos me piden asir algo, trabar las articulaciones. Hay una manija que me atrapa los dedos de la mano, lucha con mis tendones para volverse una masa indiferenciada de carne y plástico, por fin: la síntesis maquinal tan esperada. La llave gira y el motor se detiene, la charla y la lluvia continúan y el auto se va encogiendo lentamente. Hemos intentado sobrellevar la mezquina repartija del sistema educativo. Hemos conservado el entusiasmo, el nervio, la incertidumbre sobre lo que nos convoca. Hemos perdido muchos afectos en el trayecto también. Ahora todo ese proceso está en unos papeles incendiados de humedad. Las gotas resbalan sobre la cáscara metálica mientras la voz no puede detenerse porque es un respirar. En el interior cada vez más apretados, el vapor nos va volviendo ciegos del afuera. Abriría la puerta para salir corriendo y reponerme de la asfixia, no es la lluvia la que me detiene, más bien, es la idea de tener que explicar. Mejor esperar a que aclare, esperar hasta este momento para preguntarme el porqué del encierro. ¿Es ésta la sensación de lo colectivo después de tanto? No.

 

V

 

VI

“Podés encontrar hoy quienes destruyen instrumentos a modo de happening, también existen partituras que desde el punto de vista de la tradición han sido expandidas para tratar de incorporar la idea de improvisación, pero claro, como el Sr. Cage es un norteamericano con el sentido de cerrazón característico de los norteamericanos, no puede llamarlo improvisación y hacernos pensar en algo propio de los ciudadanos negros. Es necesario inventar una serie de juegos para oscurecer el hecho de que, esencialmente, lo que está haciendo es pedirle a los músicos que improvisen. La música realmente es la organización del sonido, y cada hombre tiene derecho a encontrar cómo arribar a esa organización, pero claro, sólo si se lo considera un hombre”. Cecil Taylor.

 

VII

Sustraerse: Ahí donde lo dejo se queda quieto. Si lo empujo anda solo, pero poco. Hay que volver a empujarlo. Al final es más fácil dejarlo ahí y decirle a las visitas que es un adorno. Lo que pasa es que no hay muchas visitas, apenas 19 y ningún like.

 

VIII

 

IX

Cuando alguien me pregunta qué hago en lo musical, siempre me complica dar una respuesta. Por lo general la otra persona se aburre rápido de mi titubeo o sucede algo, que permite olvidarse instantáneamente de la pregunta y de la respuesta. Sin embargo, para mis adentros sigue resonando lo incómodo del interrogante.

No tengo un mérito académico así que sólo puedo pensarme como un médium entre la escucha y lo sonoro. La improvisación, en lo personal, y no solo en lo que a música concierne, me parece una forma rigurosa de componer relaciones, y es ahí en donde mejor me encuentro. He tenido la suerte de formar parte de un riguroso programa de entrenamiento, que ha sido compartir experiencias afectivas y productivas con el grupo de artistas que conforman Noseso Records. En este sentido podría decir que la improvisación colectiva, me parece verdaderamente una forma superior de composición, un proceso de acumulación instantáneo que permite incorporar lo otro sin la utopía de comprenderlo. A mi entender, es una lástima que muchos grandes músicos, subestimen o, en el mejor de los casos, no tengan la convicción suficiente de la potencia de este modo de creación.

Como se ha dicho una buena cantidad de veces, la improvisación en el terreno de la música no es algo novedoso, fue dejada en un rincón de la historia durante un buen rato, cuando Beethoven comenzó a escribir sus célebres cadenzas, pero seguramente esto fue menos casual que funcional a una sociedad que depositó su fe en lo maquinal de la estructuración compositiva. Entre tanto, la tradición folklórica nunca perdió su carácter improvisatorio, aunque fijo en apariencia, siempre fluctuando internamente, lo que permitió a cada intérprete tener una voz propia y al mismo tiempo que esa voz pudiera identificarse con la voz de un pueblo. El jazz como música popular de fusión (o de mezcla, si se prefiere), reintrodujo la idea de improvisación como parte funcional y fundamental dentro de sus marcas de estilo. Desde ahí podría trazarse una línea “evolucionista” para pensar la continuidad formal hacia la improvisación colectiva del free-jazz, o bien en sentido inverso, pensar que la emancipación de la armonía, la polirritmia y la superposición melódica fueron un camino inverso desde los círculos académicos contemporáneos hasta llegar al núcleo de la expresión humana. Esto llevó a pensar a grupos de artistas bien diferentes, que era posible entender esta organización sonora (de libres asociaciones y movilidad jerárquica), tanto como forma novedosa vanguardista, así como un regreso a los orígenes de ritos ancestrales, y de paso, equiparar esta experiencia musical con una posible organización sociopolítica más igualitaria.

En cualquier caso, es curioso corroborar que revisando los muchos discos que tengo, sólo pueda encontrar unos pocos en donde el resultado del proceso de creación, pueda llamarse una composición colectiva. Me parece destacable el esfuerzo que han hecho los grandes compositores del siglo XX por otorgarle organicidad a su obra, a partir de la aleatoriedad, de la notación gráfica, o de las chances en la interpretación, y sin embargo les ha sido imposible correr su ego del rol hegemónico del compositor. Me pregunto también cómo es tan natural que muchos de los íconos de la libre improvisación, puedan reclamar un fragmento de sonido producido grupalmente de manera espontánea, como propio y atribuirse derechos de autor sobre el mismo.

Esta serie de suposiciones, quizás un poco apresuradas, podrían llevarme a conclusiones más bien deprimentes, pero prefiero pensar que si, como algunos estudios contemporáneos pretenden demostrar, existe la posibilidad de rescatar el sonido del pasado en tanto resonancia latente, entonces quizás solo por estar en Buenos Aires, tengamos más posibilidades de escuchar los ecos de una música secreta que todavía vibra en esta ciudad.

El 24 de septiembre de 1969, tras salir de un concierto de Larry Austin, tres jóvenes argentinos dieron a luz un proyecto colectivo que se llamó Música Más. Estos tres músicos, son Guillermo Gregorio, Roque de Pedro y Norberto Chavarri. Sus nombres pronto pasaron a engrosar un grupo de artistas que buscaron provocar, tanto a un público ajeno a las vanguardias como a una intelectualidad académica escéptica a todo aquello que no fuera legitimado desde el extranjero. De sus obras (como es de suponerse), no queda prácticamente registro más que en el aire. De sus composiciones, happenings, intervenciones, accionismos y fuerza creadora, quedan apenas algunos relatos épicos en las voces de los que formaron parte del grupo, y quizás también en la memoria de quienes accidentalmente presenciaron algunas de sus manifestaciones artísticas en plazas y otros espacios públicos.

Hoy los rescato a ellos anónimos en estas letras, en las teclas de este instrumento que toco para escribir algo que no creo estar a la altura de escribir. Hoy que no es el hoy en que esto será leído, practico un homenaje silencioso a mis maestros que también se han vuelto mis compañeros, para que el sonido siga vibrando en los cuerpos por venir.

 

X

Zoom (Composición abierta para varios registros de grabación superpuestos):

  • Leer la totalidad de los siguientes ítems, antes de pasar a la acción.
  • Ubicarse en un punto urbano a elección con la grabadora lista para usar. Caminar dos cuadras hacia el sur con la grabadora apagada.
  • Encender la grabadora y realizar un giro de 360° a la velocidad que se desee.
  • Comenzar a caminar en cualquier dirección hasta encontrar a una persona.
  • Hacerle una pregunta y registrar el sonido de su respuesta.
  • Terminada la respuesta, correr en cualquier dirección (de acuerdo a las posibilidades físicas del intérprete puede reemplazarse el tempo de carrera por un trote lento, marcha atlética, o caminata decidida).
  • Sin interrumpir el paso, comenzar a relatar (la intensidad de la entonación y distancia de la grabadora respecto de la boca son libres) un recuerdo de la infancia.
  • Detener la marcha, mantenerse en silencio durante diez segundos, y comenzar a silbar una melodía improvisada por lapso de tienta segundos aproximadamente.
  • Apagar la grabadora y subir el archivo en formato mp3 (192 kbps) a la carpeta “registros” de dropbox.com con la dirección zoom.experimenta@hotmail.com y la contraseña: composicion.
  • Hacer uso libre tanto del registro propio como de los registros sonoros de los otros participantes de la experiencia y si se quiere, volver a subirlo a la carpeta “mezclas” de dropbox.

 

 

 

 

Omar Grandoso

 

 

 

 

 

 

 

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