soplo de excepción

José Luis Arce
 

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Qué se dice en las comunidades que han sufrido el ‘destino del fin’, matanzas, genocidios. Primero una certeza: nadie está exento. ¿Por qué? Porque son seres humanos los autores de esos actos. De un planteo así, alguien traerá a colación la revolución que fracasó, otro…
Qué dirán los poetas. Cómo remontar hasta lo decible cuando se ha perdido el sentido, cuando culturalmente se ha ido tan lejos que nada de lo que se haga pueda asegurar acogimiento. Un soplo, dice Nancy, que en verdad no habla, un soplo posterior a la palabra y anterior a otra palabra. El entredós de una espiración y de una inspiración, una ‘palabra sofocada’ (según fórmula de Sarah Kofman). Ese entredós no depende ni de la memoria ni del olvido. No está en la dimensión de la historia. Está en la dimensión del presente (…) La cosa resiste al tiempo, pero no como un pasado presentificado en el recuerdo: como el presente que va. La indignidad en la frontera de lo mentable. El viaje al origen del sentido semeja el de su fin. Las glosolalias expresan la licuación de las cadenas expresivas. La caída en la nada. El extravío de los enlaces sucesivos deja librada a las pulsiones sonoras (phoné) lo que quiere decirse. Una frontera de nuevo lenguaje o de regresión gutural a los graznidos primarios. Cuánto de tal sonoridad connota aquello que es humano. Si las dramaturgias aún se calman apelando a contar historias, es que, como dice Baudrillard, en la repetición enmascaran que ahí no hay nada y sólo les queda la petulancia de ejercerse como metalenguaje de la banalidad. El teatro como posteatro puede dar cuenta del abismo gutural, que equivale a la desnaturalización de los principios identitarios y comunitarios del género humano. Como teatro se mantendrá en las fronteras que explican y justifican la ignominia de cuando los hombres eran enemigos de los hombres. Esto denota que hay conciencia de cuáles fueron las unidades de montaje del rostro humano, como que hay una maquinaria productora de alegría, una factoría que produce inocencia, esto es decir, corderos. Pero nada evitará que, por lo menos, los humanos estemos bajo sospecha. En cada uno de nosotros hay un Auschwitz gritando. No vale el ‘yo no fui’. Bastó que un humano ofendiera a otro, para dejar su impronta indeleble. Queda por ver si la singularidad creativa puede contrarrestar la pulsión de muerte que se manifiesta como mandato genético de la horda. El arte es cómplice de sus gregarismos infames. Entonces no se puede no investigar lo que habla en el fondo de cada uno. Es que no es cuestión de estética sino de cómo se va a vivir. Cómo hacer una inflexión alentadora que reoriente la cifra fatal que expresan los suicidios de Paul Celan, de Jean Améry, de Primo Levy. En ellos recalaba una clave humana. Un designio insobrellevable. Y es que si en todos sobrevive el pasmo, podrá ahogarse en falsos consuelos, en falsas promesas, en engañosos optimismos, pero no podrá eludirse el desafío sobre ‘qué somos capaces de hacer’. Como fingir volver con otro rostro al lugar del crímen, donde se puede nombrar, como si nada, al monstruo que se había comido las palabras.
La historia es la de esa forma que identifica al ‘monstruo’ moral que hay en ella. En este sentido, se entiende que la palabra funcione como el detonador de una desverbalización en catarata, capaz de llegar a su misma disolución en una ‘glosolalia’ atomizante de todo atisbo de personalidad o responsabilidad sobre las cosas.
La nada que queda como efecto bien puede sentirse como ausencia de algo que nos falta. Con lo que (la ausencia) sería una manera de extrañar no ser nunca algo, y ese mismo extrañar, una manera de ser. Pero si esa nada es ‘algo’, es pensable que cuando todo sentido se ha perdido, hasta esa nada glamorosa es susceptible de faltar un día (“se me fue mi nada/ y con ella mis dones”). Y ante eso, ya no hay coartada.
Si la vida ha transcurrido en una ausencia promovida casi industrialmente (campos de exterminio como fábricas productoras de muerte, aggiornados por nuestros mismos países como política de desaparición de personas), la nada como sensación dominante de la vida actual, ha sido producida de la misma forma. La sensación de nada ha sido administrada. La nada ha sido encaramada al rango de necesidad. Los seres como pequeños dispositivos productores de vacío. Y éste como un verdadero mecanismo de control. Ahora, si es hasta la sensación de vacío lo que se pierde, perdiendo por saturación las caricias que hacen los peluches de su no ser, hay un descontrol, un colapso que preanuncia el caos. Punto de una mutación o de una disolución. Punto en que el principio de muerte impuesta se naturaliza o la pulsión de la más recóndita singularidad da la clave de una nueva chance de comunidad.

 

 

 

josé luis arce

 

 

 

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