¿Qué
tan mínimo
es el
minimalismo?


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Todos los ‘ismos’ son patrañas políticas, y en este caso una manera de apoyar el poder económico estadounidense por medio de un programa nacionalista de oportunismo profesional, exactamente como se hizo, por ejemplo, con el “Action Painting” y el “Pop-Art”. (Que Dios me ayude, hubieron gestos que intentaron perpetrar lo mismo con Fluxus—-pero, hemos sido capaces de protegernos. ¿Por ser errores? Jajaja!).

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El punto aquí es el uso de medios estrechamente restringidos, con el anhelo de que “menos es más”. En música, eso se aplicaría principalmente a las dimensiones de espacio y tiempo—-es decir, ritmo y altura. (Color e intensidad seguramente son importantes pero pueden ser considerados como procedimientos afectivos más que estructurales). De un modo u otro, la repetición será de la esencia, y será más efectiva a medida que los elementos en juego estén simplificados. Esto se aplica a cualquier cosa que sugiera esas formas en cualquier tiempo y lugar, cualquiera sea la cultura o historia.

Para mí, el “minimalismo”, incluso con el significado restrictivo de música simplificada repetitivamente, comienza con la Escuela de Notre Dame del siglo XII; los modos rítmicos medievales presentados espectacularmente por Leonin y Perotin. Se podría decir que los franceses continuaron liderando el campo: Satie con su insuperable ‘Vexations’, ‘Musique d’ameublement’, y el ‘Cinéma-Entr’acte’, para no hablar del ensamble de las piezas rosacruces; desde Ravel, obviamente el ‘Bolero’; incluso algunos momentos en Debussy—-pero estos son precursores, así como lo es la ‘Canzonetta Spirituale sopra alla nanna’ de Tarquinio Merula, ‘Evening Prayer’ de Purcell, ‘Je Prends Congé’ de Gombert, y el ‘Canon’ de Pachelbel (qué maravilla! Tres voces alrededor de ese bajo simple, resistiendo gentilmente al cambio dramático mediante el deslizamiento sucesivo de cada una a través de las especies del contrapunto). ¿La escena de coronación de “Boris”! y la fuente del Rin… o del Oro. Klangfarben de Schoenberg; un crescendo de una nota que lleva a Wozzeck. Yo la paso bien con el infravalorado “Iron Foundry” de Mossolov, aporreo el piano con gusto con el “Tiger” de Henry Cowell.

Entonces, ¿ves? No están sólo los franceses. Pero, regresan con venganza con la ‘Sinfonía Monótona’ de Ives Klein!… Adelantada por años a la simplicidad asociada con Fluxus en la obra de, digamos, Yoko Ono y George Brecht. La concentración en una sola nota fue, por supuesto, anticipada por Scelsi, pero su superficie extática puede ponerlo fuera del juego. No así LaMonte Young, cuyo sostenuto invariable utiliza dos notas… pero éstas forman la “demasiado, demasiado perfecta” quinta, acústica y armónicamente un casi unísono. ?Podrían vivir en una habitación con una onda sinusoidal eterna! Pueden entender “de dónde vengo”, cuando les digo que mi pieza favorita de él es la mínima pero decididamente antiarmónica ‘Two Sounds’.

He estado escuchando ‘Vespre Della Beata Vergine’ de Monteverdi, y podrían haberme volado la cabeza con esa sola tríada mayor brillante, insistente y prolongada del comienzo… Pareciera como si, desde que se abre esa pequeñísima (y algunos dirían, minimalista) ‘lata de lombrices’, estas cosas estuvieran apareciendo de la nada.

Saqué inocentemente mi ‘Virginal Book’de Fitzwilliams para tocar un poco de mi adorado Guglielmo Ucello (Billy Bird—quiero decir Byrd, Williams) y con qué “me choco” si no es con ‘The Bells’… me están “resonando en la cabeza” todo el tiempo, “volviéndome loco, loco, loco” así que “me vienen a llevar lejos. lejos. lejos”. Estas dos notas, do y re, una y otra vez, sólo con patrones de campanas sonantes en do mayor y ?ni siquiera modula a mi en el final! (Por supuesto: no es un Bolero.) ?Todas esas piezas renacentistas de batalla de un solo acorde! Vivaldi también lo hizo. Agreguen a eso las tocatas ininterrumpidas del barrocco, algunos preludios de Bach, el Couperin de “Les Barricades Mistérieuses” y “Le Tic-Toc Choc”.

‘Tranquility’, de Ives, ‘In a Cage’ y su Pregunta, Contestada o no. Cuando hice un montón de cosas radicalmente despojadas en los 50, Henry Cowell me mostró algo que había publicado años antes: canciones sin acompañamiento de Imre Weisshaus. Curiosamente, y a pesar de ser conocido por apartarse más tarde de eso, las tempranas obras de John Cage para percusión de metal y las de piano preparado eran no sólo repetitivas sino también concientemente cíclicas, como es toda la música tradicional asiática; Lou Harrison debe ser mencionado aquí: su devoción posterior por el gamelan javanés es una consecuencia natural. (Una buena parte de las composiciones ruidosas y azarosas de Cage son bastante minimalistas también.) Comparado con estas, mucho de lo que estoy forzado a soportar como música para películas –jamás la escucharía de otra manera (con la excepción de Berhard Herrmann)—me golpea positivamente—no, negativamente, vulgarmente—como maximalista. Hablando de vulgaridad, ¿no es Karl Orff el padre de este forma reduccionista de música semi-clásica? No olvidemos el ‘Sabre Dance’.

Y todo esto simplemente demuestra nuestro provincialismo, el mirar solamente dentro de los modelos compositivos occidentales. Así que mencionaré las cosas provenientes de otras culturas que he escuchado y que han influenciado mi música: el canto Yebechei de los Navajos; tambores de los Yoruba de Nigeria; cánticos budistas tibetanos (con esos geniales y toscos instrumentos que siempre tocan las mismas notas sin importar el contexto); música cortesana de Corea (Ah Ahk) y Japón (Gagaku); una visita a los Batak en Sumatra, cuyas tribus con culturas tan constantes que no puedo distinguir una pieza de otra—qué maravilloso! La respiración circular de los músicos de Bismillah Khan mantienen los drones por horas, mientras él se toma un tiempo muy largo en la primera nota. Pueden elevarse cantando un mantra inspirado en la cultura hindú, aún si a veces torna como un New Age tonto. Pero al final nos sentamos y cantamos OM por horas.

Más cerca de casa, encontramos a Super Blues (Howlin’ Wolf, Muddy Waters, Little Richard, Bo Diddley—despegando en una tradición en donde repetir un solo acorde por un rato largo no era para nada raro). Siempre valoré, cuando bailaba rock en los ’60, el momento en que una banda venía con una pieza de dos acordes o incluso de uno solo. Estuve directamente influenciado por “Rock Around the Clock”, Tito Puente y la Salsa—toda la música latinoamericana. La Iglesia Santificada cuando estaba en Mississippi. ¿Cuánto tiempo pueden mantenerse sin echarte a reír con los duetos de nariz de Inuit?

Este tipo de concentración parece estar absorbiéndose más y más en el pop/rock del underground… música drone, mezclas ambientales, etc. En las esculturas sonoras de Bill Fontana a menudo no parece estar pasando mucho. Y todo el sonido pareciera desaparecer en las escuchas ambient de micrófonos sensibles de Steve Peters.

Hablemos de la quietud en las constantes de la naturaleza, en donde la “música para mis oídos” no es solamente sentimental; y no sólo se encuentra al meditar en una cascada sino estando atento, en toda la plenitud del mundo. Escuchen también aquellos fenómenos provocados por humanos que realmente son música, aunque no siempre sean admitidos como tal: campanas—una sola repicando sin parar al mediodía en París, una escala sonando con los cambios ingleses (pero no himnos armonizados en disonancias de cuatro partes como en Holanda), una trinidad de alturas cercanas desfasándose en el Veneto italiano, y los ‘campanacci’ de una manada de vacas.

En cuanto a los contemporáneos más jóvenes, aquí hay algunos que están haciendo una música repetitiva que puedo sentir, con armonías tradicionales y escalas que no obstante, no suenan reaccionarias: Meredith Monk (incluso con exploraciones vocales innovadoras); Peter Garland; Mary Jane Leach; Lois Vierk; Harold Budd, Rhys Chatham y sus compulsiones inspiradas en el rock… lo cual es mencionar a los norteamericanos primero. Quienes no son mejores que Carles Santos (España); o Simeo ten Holt (Países Bajos); Arvo Pärt (aún sin lograr una Tabula Rasa). Un par de ingleses aquí: Howard Skempton y Gavin Bryars. Ocasionalmente escucho alguna pieza divertida de este género de algún compositor más joven y menos conocido, cosas folklorosas y así.

Y, como para devolver el favor, los miembros creativos de ensambles de gamelan (norte)americanos, como Son Of Lion en New York, The Evergreen Club of Toronto, Gamelan Pacifica de Seattle, y Berkeley Gamelan, para no hablar de grupos como The Glass Orchestra—-sólo para nombrar aquellos con los cuales estoy familiarizado—están encontrando nuevas maneras de integrar sensibilidades para que el Este conozca el Oeste. Esto alcanza a Japón en obras tocadas por “Marga Sari” Contemporary Gamelan en Osaka;¿dije ‘alcanza’? —¿alguna vez vieron y escucharon Teatro Noh?

<p style=”text-align: justify”>A pesar de que no soy partidario del “progreso”, son de interés particular aquellos que han llevado más allá procesos repetitivos sin sacrificar ningunos de los logros del modernismo, y aquellos que no han sido tipificados exclusivamente por esa consistencia estilística: György Ligeti; las obras tardías de Morton Feldman—tan mínimas en otras tantas dimensiones, pero ya prefiguradas en composiciones anteriores; incluso los infinitos armónicos de Messiaen que subyacen en esas masas de sonido; también Stravinksi—sus ostinatos suministran la violencia obsesiva; y George Antheil, cuyo ‘Ballet Mechanique’ es una maravilla de maquinería inteligente; Gorecki, y no sólo la 3ra Sinfonía, y no sólo porque le gusta ir lento; los/las exquisitos/as experimentos/experiencias sonoros/as de Alvin Lucier; las polifonías-pulso electrónicas de Richard Maxfield; la manera en la que Annea Lockwood puede tomar esos Ritmos del Mundo; Charlie Morrow llevando el New Wilderness a algo primigenio, las Sonic Meditations de Pauline Oliveros (Deep Listening!); lo que hace la voz en la garganta de Joan La Barbara; Thoughts Circulate de Dan Goode; Jim Tenney (su For Anne, despuntando la obra maestra absoluta); Malcom Goldstein con su homenaje a John Cage “Gentle Rain Preceding Mushrooms”; los drones abrumadores con múltiples alturas de Phil Niblock; las destilaciones sonoras casi inaudibles de Max Neuhaus; Eliane Radigue con su espiritualidad electrónica analógica; Barbara Benary; Charlemagne Palestine rasgueando; Radelescu; Claude Vivier; James Fulkerson y Hilary Jeffry en trombón; las óperas de Robert Ashley se han aquietado desde “Wolfman”; Walter Marchetti aún usa algunas notas incluso cuando odia la música; ‘Monotony’ de Stan Kenton; los raps de Wu-Tang con RZA et al; y John Lurie de los Lounge Lizards. Einstürzende Neubaten machaca el ruido dentro de un pulso; ¿cómo olvidar las insistencias “Nigger” de Julius Eastman?; el gentil Beth Anderson. Hay un grupo llamado “Circular” en Argentina. (Y si puedo mencionarme a mí mismo). Ah! La pizzica de Salento, todavía generando vida.

Seguramente notarán qué nombres, con una intención bien marcada, faltan.

Pido disculpas a todos aquellos a quienes respeto, y a aquellos con los que no estoy familiarizado, quienes lo merecen pero no pueden estar listados aquí. Seguramente esto es suficiente para probar que hay tradición y actualidad ahí afuera, y para mostrar que nuestros juicios no necesitan estar limitados por una conformidad reductiva formada por el bombo comercial.

Los ganadores de apuestas de súper-estrellas serán suficientes para aquellos que obtienen su dosis de cultura en el abono de la Filarmónica. Al menos un paso más allá de Brahms. Para aquellos que siguen a la Nueva Música, el mundo está en otro lado.

Entonces, para ser muy claro con las cosas: la música repetitiva neo-tonal no tiene nada que ver con el legado de John Cage (como el libro de Michael Nyman lo supone) ni con ninguna otra pretensión de vanguardismo.

Creo que la situación actual está bien expresada en el título de una de las composiciones de Malcom Goldstein, Where are we when we are standing still looping backwards. No necesita signos de interrogación.

Si algunas de las cosas que digo pueden parecer controversiales, no lo hago para ser polémico sino para dirigir a los amantes de la música hacia algunas músicas realmente maravillosas.


PD: Desde que escribí esto, estuve corrigiendo mi ignorancia——en los últimos años, los músicos jóvenes han estado creando una cultura auténtica de una suerte de minimal”ismo” transcultural místico-meditativo no reaccionario, el cual, no obstante, no renuncia a las expresiones fuertes, ruidosas e incluso desinhibidas. Un buen número de ellos se ofrece públicamente a través de los sellos WANDELWEISER y ANOTHER TIMBRE. Estoy muy contento de mencionar que mi traductora aquí, Alma Laprida, es una de ellos y que hace una música extraordinaria con, imagínense, la medieval y monocorde Tromba Marina—-¿¿¿¿qué tan mínimo es eso?!!!!

por Philip Corner, Reggio Emilia, noviembre de 2010

 

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