Poemas inéditos para Experimenta – Víctor Sosa

Había cabras cayendo de los riscos. Enteras cabras con balidos largos cayendo sin motivo de los riscos. Enorme estruendo extraño, había cabras. Los pastores callados, pávidos pastores apoyados en –tensos como estacas– sus cayados, miraban los cabríos, habituados a cimas, precipitándose en temblor de vértigo. ¿Qué pasa aquí, o cómo uno se explica lo que pasa?, pensaban los testigos mirando a los pastores viendo cabras. Y bala entero el mundo, nubes, riscos, guepardos que secretan espesa una saliva también balan. Son –dar cifras sería inútil– ¿miles?, ¿cientos?, ¿millones?, cayendo como copos de angora sobre el valle, sobre los labrantíos de lavanda, sobre los quietos lagos que, de pronto, se manchan de pezuñas, de pelambre, de mojados balidos. ¿Quién empujó a las cabras? ¿Algún dios, algún viento? ¿Qué encefalopatía activó un baile de patas en el aire? Nadie responde, el mundo es un enigma. Y si nos alejáramos –al menos yo me alejo–, si entrecerrando ojos en perspectiva viéramos, una cascada inmensa, bruma innúmera, un carraspeo gutural y blanco como salido de Lhasa, carraspeo. Son las cabras cayendo. Llenas de leche blanda, blanca, blanda; pesadas como copos de angora que en cascada sobre los lagos, labrantíos, cabras.

Son vientos, enormes vientos prietos que deslavan de estas comarcas sus colores, pardos. Grises cenizas secas como bajadas de un volcán extinto traen los vientos. Fina arenisca nimba en halo opaco los ojos del que mira y no ve el mundo. Caminan con sus fardos las mujeres subiendo las laderas incoloras. Huaraches contra el polvo, las mujeres. Cargan en sus hatos vientos pardos, pesados vientos secos, las mujeres. Arriba, deslavado, un Sol de plomo. Una gris luz enferma por el viento, ahogándose en ceniza una luz asma, tardada en la espesura de esos aires, de esa incolora arcilla que hasta las diurnas luces enlentece. Y el ruido de los vientos: un siseo como de cien serpientes dentro tímpano, como de mil martillos diminutos sobre los nervios –percutiendo– ópticos. Si hasta el olfato atrofian esos aires. Llegan al bulbo polvos –cenizas que de riscos allí se sedimentan– y hasta olfacción atrofian. Los hombres, con sus mulas, no lo notan. A paso quedo avanzan subiendo con sus mulas la ladera y nada, en sus narinas, nada notan. Nacieron en el viento, agarrándose al viento crecieron hasta viejos, hasta muertos, agarrados al viento. Por eso nada dicen, hablan poco, o salen de sus bocas fablas secas, como antaño salía húmeda flema que el viento erosionando desecó.

La madre es la hechicera. La hija que en su trance madre ensueña clava la daga in utero, pez globo. La madre ensueña pólipos, ventosas tutelares, toxinas que en encías trasuden desde hija. Porque ella fue la que encendió la hoguera, la que incendió en los higos colibríes, la querellando en puja parto afuera. Los animales la miraban, los bosques, animales, la veían parir en lácteo aullido, sanguíneo, largo, lácteo. La nacida salió abriendo los labios, apartando los labios vaginales como a un encortinado innecesario; salió, dio sobre el mundo un paso, sacudió en madriguera aletargados. Un solo paso inmensurable, enorme, continuo como un grito mineral. La madre entró a su fuego, se abrasó incinerándose entre el fuego del grito matricida, se izó madre en mandrágora. El bosque era testigo, los estupefactos animales, las larvas –aún sin cognición– eran testigos. Coyotes que, intranquilos, lejanos, lo intuían. La hija hechiza bosque, lame abedul y madre hechiza bosque, en llama encinas que en la lengua arden. Qué estirpe ésta, indómita. La madre en hija fuga de su forma, se pare en sólo un paso, dona su forma al fuego, dueña de mundo y canta mineral.

El miedo al padre a pánico lo ató. Encadenado al roble el miedo al padre. Contra natura decreció hasta óvulo, hasta unicelular ser eucariota, hasta –sin masa, interacción– neutrino. De tajo cortó escroto. Cojones que cortó y lanzó a la ría como un drenado absceso innecesario. Cortó sus digitales dedos táctiles. De pulgar a meñique cortó tanto, hasta en óseo muñón tallar el glande. Qué cosas tan extrañas hace el hombre, cuando algo teme, cuando algo nunca dicho teme tanto. Qué cosa extraña, el hombre. Dicen que el miedo al broncoespasmo cambia la luz branquial: el luminoso ancho se ensombrece, se obtura aire, el miedo obtura aire, la tos del padre afuera obtura aire y la disnea dentro en sibilancia. Silba el que teme un miedo que lo acucia. Teme en tendón que garra suba tráquea, que desgarre zarpazo en padre glotis y a muerto un miedo huérfano se abrace. Mortuorio miedo al padre lo detiene, lo tienta, lo detiene. Por eso taja escroto, talla glande hasta callo que no duela. Por eso calla, amputa habla, afásico. El pánico lo ató, el invencible padre unido a pánico, y él encastrado a un roble aun ilusorio.

Yo oí las ocarinas. Entre las altas cumbres, más altas que los cóndores, que las vicuñas altas, venteando entre las nubes ocarinas. Oí andino viento en silbo largo, un aire magro y fino, frío un aire, enhebrando los hoyos, monocorde, silbando un hilo fino entre el castañeteo que ni cóndores. Yo las oí invisibles, lejanas pero innúmeras; parecían salir de esas rocosas crestas que ni vicuñas pisan, que ni cóndor. Ni aguzando el oído, ni el aguzado zorro oyó las ocarinas que yo oí. Un fino, tenso tono, un vibrato invisible que ni a vizcacha montañesa inmuta. Son cosas que se aprenden con el tiempo, se aprende agudo a oír moviendo como antenas las orejas, tensando todo el nervio, con el tiempo. Así durante largos, tantos años, oí las ocarinas. Aún hoy ensimismándome las oigo arriba entre las nubes de esos riscos. Donde ni cóndor, donde ni yuyo ni lampaya crece. Donde húmedo tirita hasta ese viento que enhebra en largos silbos ocarinas.

Sudamos en la sal. En las secas salinas semihundidos. Enterrados en terrazos donde la sal se seca, donde la sal suda agua y se hace piedra, allí deshidratados con la epidermis toda en salazón. Allí encinchados, como una enhebillada cincha tensa y abraza al alazán. De las granjas agrícolas, de las pecuarias fértiles llanuras, las hijas, las espesas mujeres, las madres ya munidas de una ordeñada leche, de hornos arcillosos pan caliente, de en botas vinos raudos, las mujeres. Nosotros, en salazón los pies, las recibimos. Estiramos los brazos con tendones ya secos, con los calcáreos dedos óseos secos, con el caliente entre las uñas calcio. Sin hambres ya y hundidos, en médula espinal inapetentes. Qué anómalo destino, se repiten algunos con la sal en la sangre: qué tan destino anómalo, repiten. Pero la inmensa mayoría calla; callamos, casi todos. Con la sal en las venas recorriendo esos quicios, con esa en las arterias salazón, ¿qué hambre en vacíos odres? Sudamos seco yodo entre los terrazos salitreros, allí enterrados, entenados, secos.

¿Ya hablé de goznes? ¿Dije algún día y en voz alta goznes? ¿Miré en bisagra mundo, semidormido y entreabierto mundo? ¿Saqué la mano en riesgo aún de zarpa, de sobre cutis terso tigre zarpa? ¿Abrí mi costillar como una res sobre la brasa lenta al lento Fahrenheit? Son cosas que uno, en ciertas circunstancias, se pregunta. Tuve, entre manos, todo. Entramado entre manos tuve todo: un suelo fértil, un cielo donde albear, un sudor fértil, arándanos, semilla. Sé que no pude y hoy me duele tanto. No aré en lo necesario, no ardí en mártir tendón, nadé en envés en ciénaga en vez de albeo fértil. Hablé desde los goznes, queda dicho. Desde bisagra mundo, no lo niego. Subí en palabra Alpes, Everest escrito sobre arena en vera mar efímero borrándose. Bajé y toqué –confieran– al escualo, de raya el aguijón, de madre a su leopardo aunque no crean. Bajé en palabra Averno a ver difuntos. ¿Hablé de goznes ya? De un aleteo hablo en la bisagra y afuera albeo –aunque no veo– palabra.

Huyen como ciervos. Como ciervos que huelen en chaparral leonas. Huyen, corren, no miran, atrás agazapándose está el miedo, y adelante, barranca abajo, precipicio, el miedo, y arriba el rayo, estruendosos terrores que anuncian tempestades. Los animales corren como ciervos, como si fueran lémures anillándose a ramas, abriéndose amarillos, hipertiroideos ojos, chillando como changos chamuscados. Y atrás un viento, un aire los impele, y adelante un aire ventoso los impele. Corren entre las venas, en latientes carótidas donde la sangre bate, pulsa presiones sangre y ellos corren. No miran hacia atrás, no ven a las leonas ya dormidas, las ya mansas leonas, ya dormidas. Corren por un instinto que la tierra les dicta, que las nubes, que chaparrales áridos les dictan, y presos de un instinto ciego siguen. Impalas, largos ciervos, liebre antílope, vicuñas unguladas, cómo saber sus nombres si a la distancia sombras son movidas, sólo empujadas sombras por el viento. Huyen y tantos que un polvo los envuelve, un ruido sobre el polvo los envuelve, un ensordecedor tambor trotante que hasta intimida leonas, que hasta las leonas con sus patas se tapan las orejas y no miran. Yo recomiendo ver al menos una vez esa pavura, este impelido y tumultuoso éxodo; éstos, cuadrúpedos, cogitando qué olor de muerte cerca y sin mirar atrás, sin mirar adelante, sin mirar.

 

 
 

 

 

 
 

 
 

 
 

 

 

 
 

 

Share