Pájaro Tiresias

 

 

 

(La escena se encuentra a oscuras. Una luz se enciende desde un perfil, que permite adivinar la silueta de un hombre durmiendo sobre una cama. Detrás hay un perchero del que cuelgan un par de alas, siendo una de ángel y la otra de pájaro. Música suave, notas largas. Pasan unos diez segundos y se enciende una luz desde arriba, que ilumina la cama. Pájaro Tiresias se despierta y, tras desperezarse y bostezar, se levanta. Viste unas ropas blancas muy genéricas. Camina despacio hasta el perchero y se coloca las alas. Sale por la izquierda y vuelve cepillándose los dientes. Escupe en el piso, sale y vuelve por derecha, sin el cepillo. Seca el suelo con la sábana. Mira, se despereza otra vez, parece buscar algo. Hurga bajo la almohada y saca una máscara de águila, la cual le permite hablar.)

PÁJARO TIRESIAS: Esto no fue siempre así. (Pausa.) En otra época era más divertido de mirar, y yo era un poeta, un buen poeta. Tenía marcas sublimes sobre mi pecho. Tenía plumas que crecían sobre mi reino. Tenía un reino creado a mi imagen y semejanza. Tenía una imagen y una semejanza a mí mismo. (Se mira las manos.) Tenía fractales brotando de mis dedos, que se sumergían a lo largo del reino. Lo tenía todo. (Pausa larga. Nostálgico.) ?Dónde estaba yo? ?Qué hacía en ese entonces? (Piensa.) Ya no recuerdo, ?lo olvidé todo otra vez? (Pausa.) Y sin embargo, recuerdo algunas cosas… No olvido mi trabajo: soy el Oráculo. Nadie sabe ni puede saber si mis ojos están cerrados, si limitan mi penetrante mirada que todo atraviesa, mi vuelo a ojo de pájaro. Con el viento a través de mis alas, el barro se torna constitutivo, tal vez. (Muestra las manos.) La humedad del viento susurra los devenires a mis manos que convierten el agua en barro, un barro espeso que inunda mis pulmones. De allí viene mi saber, de los pulmones. Nadie sabe respirar barro, y yo soy el único en mi clase, con registros, es decir, amatistas incrustadas en mis huesos, de todos los saberes que he respirado y que respiraré. (Va hasta la cama. Levanta el colchón y saca un libro relativamente pequeño. Lo desempolva trabajosamente, lo abre, lee.) “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas…” (Interrumpe. Busca en las hojas.) No, este no debe ser. Benoît debe saber, donde quiera que esté ahora. (Busca bajo la cama y saca otro cuaderno.) Este tiene que ser, página… setenta y siete. (Abre y lee.) “Pues un alienado es en realidad un hombre al que la sociedad se niega a escuchar, y al que quiere impedir que exprese determinadas verdades insoportables”…<em>(Pausa. Se queda perplejo. Otra vez equivocado.) Esa tampoco es la cita que busco. (Duda.) Pero si no es este y no es el otro, olvidé la página. (Piensa un instante. Apoya el libro en el piso con cuidado.) No, debo haberme equivocado, sabía que esto iba a pasar. No estoy perdiendo la vista, puedo reconocer simples errores. (Toma el libro, le arranca algunas páginas. Determinado a convencerse.) Pero aún así soy indispensable para los hombres. Todavía lo soy. (Transición hacia un estado rencoroso.) Al menos supe serlo alguna vez. Cosas fatídicas pasan a quienes rompen las reglas y pretenden una nombrada impunidad. (Subrayado la oposición con un gesto seco.) Para bien o para mal. (Pausa.) El Oráculo debe fallar, eso es lo que la ley dice, y ella es muy clara. Antes creí haberme equivocado con la predicción, pero me doy cuenta de que no fue así.No fallé, simplemente inventé. (Pausa.) Inventar, solo eso, convertirme en un mal poeta, dejar que las palabras se arrastren a través de la mera intuición. (Pausa. Con firmeza.) Quiero que se me entienda bien, sin suspicacias ni engaños: la poesía es buena o no. Lo fundamental está en que sea necesaria. No debe pretender. La poesía pide ser necesaria, no debe tener autor. Es así como el gran poeta se consagra, inmortalizándose en el olvido, muriendo para que su obra viva. Sus palabras no sobran ni faltan, debe poder convertir lo lineal en simultáneo, crear mundos reales desde las llanuras del lenguaje. Todo ha de estar en su lugar aunque las palabras no evidencien su presencia, ya sean piedras, alas, plumas. Alquimia. Nadie es autor de las piedras. Nadie ha escrito cada gota que hace al río. Y sin embargo ahí está el mismo. La poesía debe ser un río, construido desde el barro que rodea las raíces. Nada de decoro Horaciano. Dios es un poeta, un alquimista, creado en el laboratorio de un Dios híbrido cuyo cuerpo languidece. Un pulgar. Dios es un fractal más de mis dedos, aplastados por la ley de oro de la poesía. (Pausa.) Soy el Oráculo, pero también soy un Alquimista. (Duda.) O lo era. (Pausa.) Pero volvamos a eso del error. Toda clase de gente viene a mí a encomendar sus caminos, a hacer de mi poesía su propio camino, sus piedras, sus creaciones. Este tipo era un Campeón, un Zeus, un campeón con todas las letras. Su Olimpo era el cuadrilátero, y sus puños dos rayos prestos a encomendarse sobre las montañas que se erigieran frente a él. El boxeo es una práctica sublime, es verdadera poesía. Aquellos golpes son necesarios, y van más allá de lo que el simple ojo ve o mira. En un deporte metafísico como el ajedrez, donde los reinos son devorados, borrados, porque así debe ser, esto ocurre y no. El reloj trenza sus manecillas, pero siempre se desenredan y vuelve a comenzar. Las cosas cambian pero no cambian en lo absoluto, la poesía se torna débil. La mente reconoce estos cambios, pero nada ha salido del tablero, un cuadrilátero de pobres dimensiones. (Pausa.) En el boxeo, por otro lado, los rostros se desfiguran, y a su vez se produce un cambio en la mente, un doble desgaste en distintas trayectorias. Se desdoblan el cuerpo y la mente, se separan y corren en sentidos opuestos, que finalmente se reencuentran en aquél estado circular que todo boxeador conoce, la caída. (Pausa.) Otra vez me olvido: el error. El error es una desviación de lo que debería ser. El error es trágico. Implica un ideal, una ley. Yo fui quien se profanó a sí mismo, me desvié. No supe contener mi forma y me moví. Cambié mi cuerpo y mi mente mientras arrastré al Campeón. La vanidad es un castigo para quien tiene espejos. Una vergüenza que también marca la mente mientras despedaza el cuerpo. Si la poesía es crear un mundo necesario, es error, desviación. La ley se destruye en su cumplimiento. El Campeón vino queriendo aprender a escribir, y quiso pasarse de listo. (Pausa.) Él sabía cómo jugar, solo le solté soga sin saber que pasaría lo que nunca antes pasó. (Gesto con la palma de la mano y su reverso.) Un golpe seco y repentino: el barro no fluye. La respuesta solícita. Rojos ojos rojos esperando en silencio. Hablé pero no puede decir nada. Olí azufre. (Falseando la voz.) “Será cosa del Mandinga”, evidentemente. Mirada. Músculos tensos. Impaciencia. Impasividad. Aspiré fuerte y dejéalazufre hacerme olvidar mi vieja profesión e inventarme una nueva. El campeón debía perder, no había duda. En donde Hades y Mandinga colaboran, solo un Dios puede flotar. (Pausa.) Invención. Convertí al Campeón, lo trastorné en mente y cuerpo. Deformé todo cuanto se generó con un golpe seco a la mandíbula. Un golpe limpio. “Quien pega primero, pega dos veces”, en efecto. El Campeón sería campeón, absorbería cada golpe dentro y fuera del cuadrilátero, cualquiera fuese el golpe que buscase su mentón. Casi cualquier golpe. La vanidad fue una sombra, una caricia inesperada, y ambos nos entregamos a ella. (Pausa.) ?Es posible una muerte perfecta? ?Una muerte hecha a la medida de uno? Para mí no, ya que no puedo, habría que aclarar. Solo un campeón real tiene derecho a elegir. El Campeón, como poeta, eligió y dispuso. (Imita los movimientos de un boxeador mientras relata.) Sabía que algo no estaba bien, el Oráculo no titubea, Jesús no ríe, Gardel no suda. (Se detiene, agitado.) Él optó por aceptar nuestra complicidad. Quiso pelear, a todo costa. Calzó sus guantes y abrazó el cuadrilátero en un último respiro. El juez contó, pero no había posibilidad de recuperarse, estaba hecho. Le dije que ganaría pero quizás intuí cierta decadencia en ambos: mi decadencia. El deber superado por la pasión. Quizás sabía su muerte, quizás no, pero el impulso me desbordó. ?Qué pasaría si le diese una muerte gloriosa a un poeta? ?Cómo acallar esa sensación de la piel ardiendo en deseo de devorar? ?Acaso sabría él que era un verdadero poeta? Siempre dudé sobre qué es lo verdaderamente específico de un poeta. No poetiza, no crea. El poeta muere, expulsa su creación, y esta, c omo parte suya, vive y muere también. Es, está, pero no es ni está. La distancia. El verbo español. El no-verbo. (Pausa.) Dualidades. (Mira la cama. Piensa. Se aproxima y la desordena en silencio.) Tiene que haber otra cama en algún lado, y quizás otro yo con dos sexos. (Pausa. Se mira las manos, examinando sus dedos.) Otra vez me confundo, quizás. Sí, estoy disperso, no puede ser así. Pero la ley es la ley. Ahora lo veo. Veo dónde estuvo mi verdadero error inicial, mi primer falencia como Oráculo: soy una parte del fractal yo mismo. ?Pero qué significa eso? Estoy marcado desde un principio, desde mi rol. Estoy condenado a fallar, encadenado a mi destino de crear, mostrar y morir. Soy un pájaro, obligado al aire y la levedad, a lo efímero, pero tras una máscara que trasciende, hipotéticamente, que se quedará detrás de mí para que otro la use. (Pausa.) ?Qué significaría eso y qué tiene que ver realmente con este Campeón, mi Campeón Poeta? Eso deberían saberlo, yo no me atrevo a decirlo. No puedo si nadie pregunta. (Pausa.) Soy un pájaro, nada más. (Se quita las alas y las examina también.) Y eso debería sugerir lo suficiente para que comprendan el asunto, estas imágenes. (Las comienza a despedazar despacio.). El mensaje es claro, creo yo. Soy un pájaro (las alas caen al suelo) porque el día en que fui concebido, según creo, aparecieron unas pequeñas hormigas con alas. Supongo que alguien se habrá inspirado mientras contaba esto a otra persona. No quiero preguntar, no puedo mirar atrás. (Está a punto de sacarse la máscara. Titubea. No lo hace. Se mira las manos una vez más.) No debo pensar más en el asunto. (Mira las alas en el piso.) Es eso y nada más. La poesía llega a su fin ahora mismo. (Apagón.)

 

 

 

 

Ricardo Dubatti

 

 

 

 

 

 

 

Share