El motor teatral

Mariela Serra

 

(Un comentario sobre Los hijos de… (un drama social) con dirección de Soledad González, actúan Josefina Rodríguez, Emanuel Muñoz, Franco Muñoz. Sala MedidaxMedida. Año 2016.)

 

Toda vez que los teatristas nos invitan a sus ensayos, es esta situación de intimidad la que hace situarnos como observadores cómplices de ese proceso. Ser espectadora puertas adentro es como ser invitada al interior de un motor en pleno trabajo de combustión y encendido. Esta metáfora del motor, es quizá, la imagen más potente que esta obra poietiza en relación al mundo del trabajo y el teatro, imagen que es traducida en todos los niveles de la puesta en escena.
A partir de memorias biográficas, sobre la pérdida y el estado al que conlleva ser una persona desocupada, el tema es evocado no solo en su dimensión económica, sino en su dimensión subjetiva como un estado del cuerpo, de las emociones, de la enfermedad, de la vida y la muerte.

El trabajo implica, además de la supervivencia humana, sentidos de existencia, implica identidad y también trascendencia, la sociología dirá agencia, por lo tanto perderlo genera en las emociones humanas sentimientos dolorosos y conflictivos. Esta obra se mete en el interior de esas emociones humanas y urbanas, las expone, las sondea, descubre una teatralidad “otra” del tema para escaparse de un drama realista y crear una atmósfera escénica aleatoria y sorpresiva sobre el estado de desocupación. Son los recuerdos de estos hijos que vivieron y viven nuevamente, un estado de derrumbamiento existencial frente a la pérdida del trabajo.

En la modernidad el trabajo humano se convierte en fuerza productiva con el capitalismo. Los hijos de… están atravesados por estas condiciones de la historia son parte, traen al presente de la escena, el presente del país, pero también su historia. Este drama de la desocupación se reactualiza, se pone de manifiesto a través de procedimientos teatrales que buscan también el eco de la memoria colectiva mediante evocaciones poéticas, saturación de sonidos, textos, imágenes y relatos. En respuesta a la angustia de la pérdida de trabajo, condiciones que sufren miles de personas actualmente en nuestro país y de los cuales, las y los trabajadores de la cultura son unos de los grupos más vulnerables, este equipo responde con poesía teatral, quizá muy necesaria para seguir sobretodo no silenciando el tema, no relegándolo solo a las huestes de los géneros realistas y documentales sino arriesgando otras búsquedas estéticas, poéticas y políticas.

El pasado que se evoca es el de los años noventa, esta evocación no es ingenua y no solo responde al pasado de los integrantes del equipo, fue una época clave en nuestra historia como país para el desarrollo de políticas neoliberales de la mano de los dos mandatos menemistas, que ocasionaron grandes pérdidas en el campo del trabajo a muchos argentin*s.

Parte de los datos históricos que estructuran el relato de la obra, tienen que ver con la caída, en la década de los noventa, despidos de sus obreros, de la fábrica de motores diésel Perkins (una empresa local con una licencia de origen inglés) fundada en Córdoba en 1961.

Los recuerdos de estas evocaciones se nos presentan de manera recortada o mejor aún, retaceada, son pedazos escénicos los que llevan el hilo conductor del espectáculo y todo se percibe caótico, por momentos inquietante y angustiante hasta llevarnos a la hipérbole del punk en la escena catárquica de Josefina y Franco.

La música en vivo ejecutada y compuesta por el actor, se convierte en una herramienta dramatúrgica importante para transitar estos retazos, estos recuerdos que rebotan entre el pasado y el presente, entre discursos rotos, palabras repetidas, imágenes, proyecciones, canciones, monólogos y diálogos que desentrañan el tejido dramatúrgico del espectáculo. Las luces y las imágenes, también ejecutadas en vivo por el otro actor y la actriz construyen las escenas a la vista de todos dándole a todo el espectáculo este carácter caótico que genera un clima y ritmo escénico original que nos hace pensar en estar viendo un motor teatral en pleno funcionamiento.

La clave de actuación tiende a plantear una búsqueda post-dramática de la interpretación, jugando más plenamente con la sonoridad de las palabras dichas a-través de los micrófonos y los efectos sonoros, que de la interpretación de las intenciones y emociones de esos discursos. En triangulación y contraste con monólogos que apelan a una clave dramática más expresionista y a referencias teatrales como Woyzeck de Büchner, referencia que se convierte en una potente mezcla de teatralidad, ya que esta obra alemana plantea, en su reflexión filosófica acerca de lo social y a través de la vida de este soldado pobre, la pregunta sobre la conversión de las personas bajo determinadas condiciones sociales. Pregunta que se hace eco dentro de Los hijos de. y que sin llegar a la exacerbación expresionista que por momentos tiene la obra de Büchner, transita su reflexividad artística por esos bordes.

La puesta en escena busca una teatralidad rizomática sobre el trabajo como tema, condición que permite establecer múltiples análisis y reflexiones, se convierte en polifónico, llena la escena de voces e imágenes, de ruidos y sonidos pero también de discursos que vocean diversas cosas. Una de ellas es el rol de género que implica el trabajo en las personas y el valor que tiene el trabajo femenino y masculino dentro del capitalismo. Un padre se queda sin trabajo y habla sobre lo único que sabe hacer, armar motores. La actriz frente a un micrófono habla sobre como sostienen las mujeres la economía familiar en tiempos de crisis económica con las reuniones de Tupperware. Pero también habla, desde ese mismo micrófono sobre el cáncer de mamas. Diversas frases irónicas que reverberan, que se repiten con un tempo poético original entre imágenes y fotos ejecutadas a través de diapositivas, textos y canciones.

Cabe destacar que al final de la obra y casi como una sutil ironía, la actriz se incluye en la frase de” yo también armo motores”, como sugiriendo en esa frase la posibilidad de pensar sobre la invisibilización que tiene el trabajo femenino en nuestra cultura, relegado al ámbito de la reproducción y crianza, y por consiguiente consideradas no aptas para armar motores. El trabajo en las sociedades capitalistas tiene una definición de género, hay oficios destinado a los varones y oficios destinados a las mujeres. Estas diferencias son imposibles de negar y aún no se ha logrado un cambio radical en las políticas sobre el salario de mujeres en relación al salario de varones, la relación en este punto y en otros, es de desigualdad. La experiencia del trabajo en el capitalismo, ligadas al mercado y al estatus económico y sus posiciones, su ideología empresarial y de rendimiento, genera todo tipo de ansiedades y problemas o como dice Jorge Alemán* (2016):
El Mercado funciona como un dispositivo que se nutre de una permanente presión que impacta sobre las vidas marcándolas con el deber de construir una vida feliz y realizada, la creciente expansión del fenómeno de la autoayuda da testimonio de ello, construcción imposible ya que lo “ilimitado” de las exigencias del Capital está hecho para impedir la realización plena que se demanda. Es una explotación sistemática del “sentimiento de culpabilidad” que formalizó Freud en el Malestar en la Cultura. De este modo, las epidemias de depresión, el consumo adictivo de fármacos, el hedonismo depresivo de los adolescentes, las patologías de responsabilidad desmedida, el sentimiento irremediable de “estar en falta”, el “no dar la talla”, la asunción como “problema personal” de aquello que es un hecho estructural del sistema de dominación, no son más que las señales de que el capitalismo contemporáneo nace tal como lo confirma la cultura norteamericana con la primacía del yo y los distintos relatos de autorrealización formulados para sostenerla.

Esta experiencia de la subjetividad del capitalismo analizada por este psicoanalista, es abarcada en varias de sus dimensiones desde la propuesta poética de Los hijos de. La obra plantea una metáfora del adentro y del afuera como referencias a ese malestar de la cultura, a esa angustia contemporánea generada por los paradigmas de las políticas neoliberales y las miserias que despliega en la redes de poder del mundo, el sistema capitalista.

*Entrevista en: https://www.cuartopoder.es/tribuna/2016/05/20/capitalismo-y-subjetividad/8595

Lic. Mariela Serra: Licenciada en teatro de UNC, docente e investigadora en teatro y perspectiva de género. Maestranda en antropología de la misma universidad.

 

 

Banda de sonido por Luis Maria Obeid.

 

 

 

LOS HIJOS DE (un drama social)

“Cuando el cuerpo pierde el equilibrio, el alma ya ha perdido la memoria.”

por Alejandra Migliori

 

LOS HIJOS DE es una tratado de geometría, un manifiesto de los cuerpos en el espacio, la diagramación de una topología. El cuerpo viene adelante, precede. Entonces, lo que se tomaba por efecto, deviene causa olvidada. Se confirma así la apuesta materialista que hace LOS HIJOS DE… El cuerpo como síntoma, insiste.

AFUERA, apenas uno llega a Medida x Medida, se topa con la instalación de Iván Savorgnan que puebla la antesala de cuerpos ausentes, esperando con nosotros, los espectadores. La obra ya ha comenzado. Es un preámbulo que interpela la espacialidad de nuestros propios cuerpos como ya no dejará de hacerlo la propuesta de Soledad González, incluso hasta después de que nos hayamos ido.

ADENTRO lo que se plantea es una lógica de la circulación, como ordena el policía y sugiere la cadena de montaje china, de Perkins y de cualquier industria capitalista moderna. Cada elemento es un eslabón, así se configura también el espacio escénico diseñado por Lilian Mendizábal, cuya organización parece remitir al ludo matic en su distribución y dinámica. Cuatro vértices y un centro vacío. Un recorrido trazado desde la cárcel (o partida) hasta la casa (o meta). ¿Eso equivale a ir de adentro hacia afuera o de afuera hacia adentro?

En LOS HIJOS DE los actos se construyen a partir de la dicotomía adentro-afuera. Tomando como punto de partida e inspiración el Woyzeck de Büchner, se tematiza la exclusión, quedar fuera y estar fuera del sistema. ¿Se trata de la misma operatoria? La obra se ubica en una bisagra histórica y política, la de la transición de una sociedad industrial a una post-industrial. En la primera, adentro-afuera tienen una relación de oposición simple; en la segunda se vinculan de manera dialéctica. Habría dos formas del afuera que se presentan en la figura del desempleo (quedar fuera) y del punk (estar fuera). Guardan una íntima relación, pero no son lo mismo, allí donde quien quedó fuera reclama ingresar, quien está fuera cuestiona el propio adentro. ¿Hay un adentro? Y en tal caso, ¿es deseable estar en su interior? El punk canta las cuarenta y se quiere anarquista, habita lo liminar: afuera, sí, excluidos, no, adentro, sí, incluídos, no. El punto está en la línea, en el intersticio, en ese resto que hace que los números no cierren, el exterior constitutivo. LOS HIJOS DE… es una obra punk, no porque tematice este género musical (que lo hace), sino porque incorpora su espíritu. La poética punk puede prescindir de su estética, ya que tiene carácter de gesto, no de moda. La cumbia también puede ser punk.

En escena están Franco Muñoz, Josefina Rodríguez y Emanuel “tete” Muñoz, tres excelentes actores devenidos técnicos y a la inversa. Cada uno de ellos en su “isla” como si defendiera una trinchera. Franco en el diseño sonoro, Tete en la iluminación, Josefina manipulando un proyector y un cuarto vacante, el que será ocupado alternativamente, aquél que al tiempo que posibilitará la circulación, recordará la falta que impide que el círculo se cierre. Hay un cuarto que falta, un ausente que se hace presente y que se multiplica en los cientos de rostros que muestran las fotografías. Afuera, eran los ropajes sin dueño. Adentro, los rostros desnudos.

En el centro, en la meta, un micrófono. En este ludo matic la Casa es el habla, parece parafrasear González a Heidegger, en un registro que se aleja tanto de una impronta interior como de un enfoque liberal. Se trata de la falla. El desempleado, el desocupado, el pobre, el enfermo.

El continuo es interrumpido, se presenta un hiato que atraviesa toda la estructura narrativa, por ello mismo fragmentaria. El evolucionismo decimonónico del que el capitalismo no dudó en servirse desde sus comienzos en su expresión “social”, enarbolando la bandera del progreso, no aceptaba saltos. “La naturaleza no da saltos” es una manera de imprimir una lógica irrefutable a aquello que no la tiene en el orden social, una forma de conjurar el azar para mejor legitimar una arbitrariedad: la dominación. LOS HIJOS DE procede por saltos.

Franco, Josefina y “Tete” logran la síntesis perfecta de la precisión técnica y el desborde escénico. Como artistas del decir, construyen fotografías verbales de una manera impecable, en una evocación que imprime en la mente del espectador, el cuadro más acabado que cada cual pueda imaginar.

La dramaturgia tramada por Soledad González es bella y compleja, deposita una capa sobre otra con la delicadeza que lo hace la tierra sirviéndose de miles de años, pero ella logra que sedimente en una hora. Ella, que concibe el teatro como voz, compone esta polifonía agridulce que te deja temblando hasta los huesos.
Alejandra Migliore

Los hijos de (un drama social)
En escena: Emanuel Tete Muñoz, Josefina Rodríguez, Franco Muñoz
Escenografía-vestuario: Lilian Mendizábal
Instalación-gráfica: Iván Savorgnan
Concepción y Producción: Los hijos de
Dramaturgia y dirección: Soledad González

SÁBADOS DE OCTUBRE 21:30HS. MEDIDA X MEDIDA (Montevideo 870)

Los hijos de (un drama social) es una obra sobre el mundo del trabajo y su antagonismo: el mundo de un despedido.
Tres contextos se entrecruzan: el despido de un operario de la fábrica Perkins Argentina en los ’80; la obra Woyzeck de Büchner, situada en 1830, en su cara de fusilero despedido de la armada a los 27 años y ligada poéticamente a la furia punk de los hijos de obreros desempleados en plena flexibilización laboral del siglo XX; el tercer contexto es el cuerpo, en situación de enfermedad, atravesado por el sentimiento de quedar fuera del sistema productivo.
Los actores con su performance y testimonios arman el adentro y afuera de la (re)presentación para señalar el motor del teatro. “Dedicado a todos los trabajadores despedidos y cesanteados de la PERKINS, de Pymes y fábricas de industria nacional y del Estado argentino a lo largo de los últimos 40 años”.

 

 

 

 

 

 

 

Revista Experimenta

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