Las
Imágenes
en la Edad
del Arte

 

 

 

 

 

 

“El Arte es un hacer que no se denomina fabricación sino creación cuyo producto final son un género de objetos calificados como obras de arte cuyo valor de uso tiende a cero y su valor de cambio tiende a lo infinito”.

 

A un fetiche, que exige ser escrito como Arte, en singular y con mayúscula, como concepto artificial, le corresponde un historia irreal y es la irrealidad de su historia lo que termina por caracterizarlo y definirlo.
La noción de Arte aparece en el Renacimiento y desde su aparición es arrastrada por la idea de progreso. Todo artista se inscribe en un momento de una sucesión lineal de la que emerge la superstición de lo nuevo, de la vanguardia.
La trayectoria del Arte es una teleología gloriosa, donde no es posible retroceder y que se aproxima inexorablemente a un Apocalipsis Ideal.
Esta concepción está impregnada del arquetipo cristiano del tiempo salvador que se dirige a un Juicio y a una restauración de un Paraíso.
La adopción de este mito temporal explica la frecuente “obsesión mesiánica” entre los artistas.
Lo fundamental en este esquema histórico es que el tiempo actúa como juicio de valor.
Su cronología es una axiología.
El encadenamiento de las formas plásticas es leída como una secuencia de “soluciones” cada vez más adecuada a los problemas de la Imagen, y en esta lectura la vanguardia adquiere su sentido.
Si la vanguardia es desviación de la Norma, actualmente irrumpe una pregunta monstruosa: ?En qué consiste la desviación de la Norma cuando ya no hay Norma.?

 

En el espacio de ruptura que va del Ídolo al cuadro ,la Imagen cambia de signo.
De presencia se convierte en apariencia. De sujeto se convierte en objeto.

 

La belleza artística es una magia civilizada.
Su poder no proviene de la divinidad sino del individuo-artista.
Si el Ídolo era una mirada sin sujeto, el Arte pone un sujeto, el hombre, detrás de la mirada.
La invención de la perspectiva destruye toda inmediatez de la presencia, el espacio crea
distancia y el centro de la mirada se ubica una conciencia.
La perspectiva constituye una representación del espacio a partir de un sistema geométrico universalmente inteligible.
Este modelo geométrico unifica en un continuo los espacios cerrados, sagrados y cualitativos que regían la representación primitiva.
La inversión metafísica del punto de vista en la perspectiva geométrica es un hecho óptico, una revolución de la mirada, que ha precedido a revoluciones científicas y políticas de Occidente.
Esta inversión genera una serie de transformaciones:
El espacio del Mundo se vuelve laico. (Esta condición permite el traslado de las imágenes fuera de los lugares de culto.)

 

La subjetivación de la mirada conlleva la reducción de lo Real a lo percibido.
Se impone una ontología de lo aparente. La esencia de lo visible ya no es una trascendencia invisible sino un sistema de líneas y puntos, una “ máquina óptica”.

 

Consecuentemente, el Arte no es mimesis del Mundo sino mimesis de una determinada operación de ver.

 

La Imagen es obra de individuos y ahora, también, patrimonio de individuos.
El cuadro, en tanto Obra de Arte, ya no es un patrimonio colectivo, es un objeto elitista que se dirige a un espectador entendido: el mecenas.
Y el mecenas, regula , por su poder de adquisición, la naturaleza de las obras producidas.
El artista se ha liberado del poder sacerdotal, su obra se independiza del género religioso, pero su producción se somete al género que determina el monarca o la burguesía mercantilista.

 

El gobierno del Imaginario pertenece, dentro de cada época, a un grupo mediador que administra los enunciados de unificación de una cultura.
Durante la época del Arte el enunciado de unificación cultural ya no es lo sagrado, sino el valor de cambio en el mercado.
Quien ejerce la determinación del valor es el dueño de la significación y el dueño de los significados es el dueño del excedente económico.
Aquel que acumula la plusvalía es el mismo que acumula imágenes y, a la vez, quien determina el régimen de las formas y sus valores de cambio.

 

En ausencia del valor sagrado, el arte vale por su precio.
El devenir de la obra en signo monetario la legitima como un fetiche deseable, pero
intercambiable en una cadena sin fin de transacciones.
El Arte es un objeto del Mercado, y ambos tienen una “ sacralidad residual”.
La obra como objeto único, raro, transportable, acumulable ; el dinero por sus propiedades milagrosas de conversión.

 

La sacralidad profana del Arte proviene de un poder que, como en épocas arcaicas, arraiga en lo invisible, en lo oculto.
“El dinero es la vida de lo que está muerto moviéndose en sí mismo” (Hegel).
El dinero hace circular al Arte, el Arte hace circular al dinero.
El dinero realiza el valor del Arte y el Arte “irrealiza” al dinero, lo convierte en signo puro del poder de la Imagen. Una parodia de lo sagrado que constituye una “liturgia de la mercancía”.

 

En este momento nace también un nuevo espacio discursivo que ya no depende de la mitología o la teología, el Arte ya no opera por presencia mágica, opera por metonimia.
El artista ya no señala lo oculto, lo encarna en la multiplicidad de las cosas, ya no es mirado por lo invisible, es él quien mira y cifra lo invisible en las formas.
Consecuentemente, el poder no emana del objeto, le es transferido por el artista.

 

El crecimiento del artista como individuo tiene como consecuencia la disminución del poder simbólico de la Imagen.
Cuando la obra no simboliza, el artista se convierte en símbolo, en depositario vivo ambulante del secreto. Beuys, Warhol, Basquiat, Chia,…
La personalización, tanto en Arte como en política, aumenta en razón creciente a la desimbolización. Cuanto menos dice la obra, más habla el artista.
La obra no es lo que el artista hace, sino lo que el artista es.
Si no es posible restaurar la singularidad de la obra, es necesario singularizar al artista.
Todo artista deviene un Cristo y promete la Eucaristía.
La tela es su “cuerpo”, el pigmento su “sangre”.
Mediante el dinero se toma posesión de ellos y se comulga con ese Ser irremplazable.
Es la Imagen de un individuo único la que hace deseable la obra.

 

(El deseo de las obras consiste en convertirse en objetos de deseo. )

 

El Mito del Arte
El mercado del Arte funciona por una transposición mágica.
El Arte es un mercado y si se diviniza al Arte es porque primero se ha divinizado al mercado.
El Museo engendra al artista y entre ambos la Imagen adquiere un valor de cambio.

 

Sólo subordinándose a un Mito el Arte simboliza y el artista encarna ese Mito.
Con un Arte autosuficiente no se pueden establecer alianzas; donde no hay dioses no hay fantasmas.
El Arte contemporáneo no admite juicios de valor por principio, no hay criterio ni canon que autorice una apreciación cualitativa.
Cada artista tiene su normativa propia, cada cual su código y todos los códigos el mismo valor.

 

Todos estos proyectos individuales persiguen una imposible autoinstitución de lo imaginario. Cuanto menos se impone una Imagen por sí misma más necesita de una semiótica que la haga hablar, para hacerle decir lo que no dice y lo que no puede ni debe decir.
El artista reclama un discurso que lo legitime, reclama sintagmas visuales que permitan una lectura rigurosa.
Articular lo arbitrario visual con lo arbitrario lingüístico es lo que aspira el Arte al desimbolizarse míticamente en el discurso del Capital:

 

 

Valor de cambio = significante

 

Valor de uso = significado

 

 

El Arte nació en el siglo XV con el primer capitalismo de los centros urbanos (Venecia, Florencia, Amsterdam…)
El fin del Arte coincide con la supremacía del capital financiero (dinero que produce dinero),sobre el capital industrial (dinero que produce mercancías).
El Arte abstracto comoabuso simbólico es contemporáneo de otros abusos simbólicos: el paso del patrón-oro al dinero escriturario, inconvertible, y la sustitución del lenguaje nomenclatura, (donde una cosa se corresponde a una palabra) por el lenguaje sistema, donde una palabra vale por sus “diferencias” con otras palabras.
El poder de simulación visual del papel moneda lo autoriza a garantizarse a sí mismo y alcanzar una vertiginosa velocidad de circulación.
La declinación de las Imágenes las reduce a simples signos .
Cuando el deseo suplanta a la necesidad, la mercancía alcanza una “dimensión estética”.
El Arte deviene en una liturgia de la mercancía.
Un Arte que no representa otra cosa que su precio es, como lo revela Warhol en su cuadro “Dollar”, es, de hecho, un billete.

 

 

A. Warhol “Dollar”

 

 

Los proyectos vanguardistas del siglo XX han impulsado una desdefinición del Arte, elastizando el concepto hasta afirmar que “todo es Arte”.
Sin embargo, la autoridad del Mito ha impedido enunciar su contrario: “el Arte no es Nada”.

 

La fragmentación del arte actual no es un accidente, es un proyecto impulsado por una
decisión metódica y conciente..
Desde el dadaísmo se hizo del suicidio del Arte la actividad artística específica , ya sea por el objeto indiferente devenido en “ready-made” o por el azar instalado como principio en la performance.
Con la “Fuente” de Duchamp, por primera vez, el Arte pone en escena su propia muerte.

 

Resulta crucial entender que el Arte no es una invariante de la condición humana, sino un concepto tardío propio de Occidente.
Lo que se denomina Arte es un período acotado históricamente de la actividad transhistórica de la producción de Imágenes.
Una practica ligada constitucionalmente a una técnica, a una materia determinada, a un proceso de individuación, a una declinación de lo religioso, a una particular concepción de la Belleza, a una política y a un régimen de circulación económica.
El fin del Arte no es el fin de las Imágenes.
El Arte no termina. Su desaparición no significa el fin, existe un Arte del desaparecer.
Sin embargo, lo que no puede volver a encontrarse es una Estética.
No hay Arte sin juicio estético, y lo que ya resulta imposible es, precisamente, el juicio estético.

 

Cuando se habla del fin no se enuncia el fin del Arte porque no hay un final, el final es una ilusión.
Todo es interminable, todo a continúa indefinidamente.
Y lo que continúa indefinidamente, lo que se vuelve inmortal, ya está muerto.

 

 

 

 

 

Eduardo del Estal

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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