La palabra y el tiempo como condena: de Guillaume Apollinaire a Samuel Beckett

Por Ricardo Dubatti

¡Cuántas palabras, Dios mío! Pero, ¿qué he explicado?

-Fiódor Dostoievski, Memorias del Subsuelo

 

 

¿Qué es la palabra? ¿Es la posibilidad de comunicarse? ¿Es acaso la capacidad de abstraer pensamiento y de formular conocimiento? Durante largo tiempo se ha pensado en la palabra como vehículo de la conciencia y de la razón e incluso como la posibilidad de salvación del hombre, confiando en su progreso IMGtubesinfinito. No obstante esto, la palabra encierra su propia autodestrucción: la palabra es muerte, es un lapso transcurrido, un presente irrecuperable que ocurre a cada instante, que se pierde inmediatamente sucede. Y, así como el hombre no puede vivir sin los límites que representa la muerte, requiere de su opuesto, el silencio, lo eterno, para poder constituirse. La palabra es entonces lo efímero y, de esta manera, el conocimiento se convierte en una acumulación de lo efímero, una pérdida constante. Como observa Albert Camus en El mito de Sísifo, “comenzar a pensar es estar minado”. La conciencia del mundo y la incapacidad de aprehenderlo es lo que lleva al hombre hacia el sentimiento de absurdo tal como lo entiende Camus. Separación con el mundo que permite al hombre saber que se dirige hacia una perdición irreparable, atravesado por la incertidumbre de no poder comprender ni superar ese estar lanzado al mundo. Es la sed de saber del hombre lo que lo lleva a su perdición, a la que se precipita por su propia voluntad, a la manera de un Erik Lönnrot, protagonista de La muerte y la brújula de Jorge Luis Borges, que se lanza hacia su propia muerte traicionado por su curiosidad. Si a esto sumamos la manera en la que Frank Zappa entendía el mito de Adán y Eva y pensamos al conocimiento como parte del castigo de sufrir, entonces, ¿qué pasaría si se produjese la condena perpetua de la conciencia y la razón?

En este marco aparecen El encantador putrefacto (1909), de Guillaume Apollinaire, y El innombrable (1953), de Samuel Beckett, dos textos que, leídos en contigüidad, sugieren una intertextualidad secreta. La posibilidad de conexión entre ambas obras nos permite repensar sobre las posibilidades del lenguaje y el tiempo, así como del conocimiento y la razón. El encantador putrefacto nos presenta al legendario mago Merlín en una situación peculiar. Nos encontramos ante un hechicero que no puede moverse, que está atrapado en una tumba de piedra y flores, a la cual entró por su propia voluntad. Sin embargo, su cuerpo se encuentra inmovilizado por la magia de la Dama del Lago, que lo ha engañado mediante hechizos que él mismo le ha enseñado a cambio de amor. Merlín está muerto, y su cuerpo está pronto a comenzar el proceso de putrefacción, pero no obstante, su alma aún se encuentra viva. Es un muerto que puede hablar, razonar, e incluso increpar a aquella que lo traicionó. Pronto se acercarán a visitarlo toda clase de seres de distinta índole que hablarán con él, desvaneciéndose tras sus parlamentos. Solo quedará Merlín ante su destino de putrefacción, plenamente consciente pero inmóvil, desgastándose. Cabe destacar que el nombre del texto original en francés es L’Enchanteur Pourrissant, es decir, “El Encantador pudriéndose“. La condena se presenta no como un hecho pasado, sino como un momento que se sostiene en el presente, que transcurre, y que solo podría concluir cuando los “huesos, que se dispersarán, se vuelvan a unir”. El texto de Beckett nos presenta a un sujeto aparentemente perdido en un espacio incomprensible, que se va desintegrando mientras no puede hacer otra cosa que hablar. A su vez lo visitan seres que no puede reconocer. Surgen de esta manera algunos nexos posibles entre ambas obras, hasta ahora no explorados. Encontramos dos hombres que: 1) No se pueden mover; 2) Solo disponen de la conciencia y de la razón, mientras el cuerpo se corrompe; 3) Ambos son visitados por diversos personajes. Estos puentes intertextuales nos permiten pensar ambas obras conectadas, ya que ambos textos presentan la evocativa imagen de lo inmóvil y del tiempo.

Tanto el protagonista de la obra de Apollinaire como el de la novela de Beckett sufren de la incapacidad de detenerse, uno de la putrefacción, y el otro del habla y la desintegración, respectivamente. Ambos han sido traicionados por su conocimiento y experimentan una no-muerte paradójica, el proceso del saber infinito. Aparece el problema del ritmo. Si la palabra permite dar estructura al tiempo, ¿cómo debería leerse El innombrable? ¿A qué velocidad hablaría alguien que se encuentra atrapado por el infinito y no puede dejar de hablar, totalmente a su pesar? El tiempo aparece como una masa sin forma y solo es posible en este marco traducirlo en ritmo mediante la palabra, pero esto encierra al hombre una vez más y lo sumerge en la desesperación de no poder realizar ninguna acción que lo libere verdaderamente de la muerte del tiempo. Cuando el tiempo solo puede ser inteligido por la consciencia que se genera en el uso de la palabra, ¿es posible mantener la noción del tiempo? ¿Sería posible llevar la cuenta de un tiempo infinito cuando el hombre siente la necesidad fundamental de abstraer, es decir, de hacer cortes de tiempo para su conocimiento? Esto repercute en una nueva forma del mito de Sísifo, pero planteado desde un espacio aún más claustrofóbico: la inmovilidad del cuerpo frente a la fluctuación del tiempo, que a su vez repercute en la incapacidad de emplear la razón si no es para una acumulación infructífera. Esta variante del mito de Sísifo se convierte en la necesidad diaria de consumir el tiempo mediante el uso de la palabra. La palabra sin contención hiere a la conciencia, que se ve desbordada en una acumulación de palabra o de tiempo. La pausa, necesaria para el conocimiento, deviene en el peligro de perder la linealidad del ritmo, por lo que la palabra debe seguir a modo de no perder la cuenta del tiempo. Todo deviene en un dilema, en la elección obligda entre dos opciones no satisfactorias: O se acumulan palabras sin sentido o se pierde la referencia del tiempo. Ante esa doble amenaza de desborde se hace imposible el momento de re-flexionar, es decir, se vuelve imposible para el pensamiento volver sobre sus propios pasos. Si retomamos el concepto antes señalado por Camus, entonces encontraremos que el lenguaje, como articulación de la palabra para producir sentido, es “ingrato”. Como observa el Encantador ante Las Esfinges: “[lo más ingrato] es la herida del suicidio. Ella mata a su creador”. Vemos entonces que el lenguaje, la razón y el conocimiento se conjugan en la muerte y lo efímero, en la pérdida. Para poder producir pensamiento o noción de tiempo es necesaria la pérdida como red de contención y como recorte. El problema que surge en ambas obras es, entonces, la cantidad de tiempo y la cantidad de palabra que aparecen y que desbordan a los personajes. El protagonista de la novela de Beckett evidencia el punto máximo de esto al decir que “es menester seguir, no puedo seguir, voy, pues, a seguir, hay que decir palabras mientras las haya […] quizá me llevaron hasta el umbral de mi historia, ante la puerta que da a mi historia, esto me sorprendería, si da, seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir”. Tiempo y conocimiento son dos caras de una misma moneda, siendo el cuerpo de los protagonistas aquello que las une, el borde de la moneda misma. ¿Es posible calcular un conocimiento infinito? El hombre aparece aplastado por la infinidad del tiempo y la incapacidad de la palabra y del pensamiento de rendir esa infinitud.

En este movimiento surge una diferencia muy particular entre ambas figuras: la posibilidad de callar. El Encantador recibe varias visitas de diversa índole, incluso de su castigadora, y entabla diálogos con aquellos que lo vienen a saludar. Maurice Maeterlinck, en un ensayo publicado en El tesoro de los humildes, observa que el silencio es la capacidad de oír a otros y, por lo tanto, de aprehender otra alma y “dar un instante de existencia a la nuestra”. Esto genera una distancia entre ambos castigos. El que afronta el Encantador es muy distinto en este aspecto al del personaje de Beckett, que también es visitado, pero que está encerrado en la soledad de no poder callar, de no poder ejercer un silencio activo y aprehender al otro. El silencio, en este sentido, sería una forma de pausa. El Encantador todavía tiene la posibilidad de detenerse, pero en la novela de Beckett la palabra se interpone y deja en soledad a quien habla contra su voluntad, lo apresa en sus cavilaciones, que lo dejan aún más imposibilitado de acción: “No se tiene nada que decir pero se está obligado a seguir hablando”. Pero en esta diferencia surge un nuevo modo de conectar los textos. El tiempo infinito posee un punto de partida discernible, no así un final. Esto permite pensar que ambos personajes se encuentran en distintos recorridos de una línea que puede ser pensada como la misma. Esto se puede considerar a su vez por cómo tratan ambos textos la construcción del espacio. En el texto de Apollinaire todavía es posible pensar una cierta comprensión del entorno en el que se encuentra el personaje. Es posible reconocer espacios y temporalidades. En el texto de Beckett el espacio se encuentra ya estallado, imposible de reconstruir. La posibilidad de conexión entre ambas obras se posibilita entonces no solo por la imagen que ambos presentan, sino por la idea de la desintegración/putrefacción sumados como factores del desgaste del tiempo y de la palabra. Si el tiempo es infinito y el conocimiento se extiende en el tiempo, ¿sería posible saber infinitamente, recordar absolutamente todo, cada detalle de cada pensamiento? ¿Sería posible sin la necesidad de re-flexionar? Se genera una fuerte tensión entre la limitación del hombre para aprehender la información en relación con el tiempo, el hecho de ejercer el momento de abstracción propiamente dicho. ¿Sería posible recordar todo a la manera de un Funes como el que nos presenta Borges? ¿Sería posible aprehender toda la eternidad cuando esta no tiene límite? Este desgaste gradual del cuerpo y la mente, del espacio y la memoria, nos lleva a poder pensar si no podría ser el Innombrable una versión avanzada de putrefacción del Encantador, cuyos sentidos ya se han corrompido por el desgarro de la palabra y se han deformado por el paso de un tiempo “inmemorial”. Las visitas del Encantador podrían disiparse en el tiempo, el cuerpo podría deshacerse, la memoria podría desgastarse por la necesidad de resumir y conservar información, la distancia del tiempo mismo podría tener un efecto difuminador. En otras palabras, la lectura de ambos textos presenta la posibilidad de colocarlos en tensión como distintas etapas de un mismo proceso, con un personaje comenzando el proceso de putrefacción y otro en un estado tan avanzado que ya no puede reconocer su alrededor ni recordar lo que ha ocurrido. Es irrecuperable debido a que se ha perdido la noción del tiempo y la palabra, que aparece en su falencia para recuperarla como acontecer. El tiempo como infinito expulsa la posibilidad de re-flexión y desgarra al cuerpo. Con solo olvidar durante un segundo ante la aplastante infinidad, ¿no podría perderse un conocimiento que eventualmente se torna trivial en su puro acumular?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía

Apollinaire, Guillaume (2009), El encantador putrefacto/Las tetas de Tiresias, Buenos Aires, Losada.
Beckett, Samuel (1988), El innombrable, Buenos Aires, Alianza/Lumen.
Borges, Jorge Luis (1997), “La muerte y la brújula” y “Funes el memorioso”, en Ficciones, Buenos Aires, Alianza.
Camus, Albert (1999), El mito de Sísifo, Buenos Aires, Alianza.
Maeterlinck, Maurice (1985), La inteligencia de las flores, España, Hyspamérica.

 

 

 

 

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