Julia salió volando


 

 

Todo raro. Como en las películas, el cambio de clima inesperado. Estaba cargada de mis cosas, llena de sudores, especialmente cargada y había un árbol de Navidad. El olor de casa, me hacía sentir arrullada y aplastada, al mismo tiempo. ¿No hay más pesebre?, pregunté. Ahora la urna del abuelo ocupaba el altar familiar. Yo de chica adoraba armar el pesebre, preparar el milagro, pero el verdadero milagro era seguir juntos. Eso decía el abuelo Raymon. Ahora nos hacían compañía sus restos (qué feo decir sus restos). Le seguía un tarro de vidrio y una imagen, un animalito en cerámica fría. ¿Quién puso todo eso al lado de la urna? Sin ningún sentido. ¿Y? ¿Te vas a hacer la que no pasa nada? Me lanzó mi tía Esther en el vermut. ¿Dónde están las piezas del pesebre que faltan?, le hubiera querido contestar. Había caído bajo, me había arrastrado, arrodillado y ahora venían las preguntas lapidarias. Soy una resucitada, quería decirles. Pero dije: Qué lindo el árbol. ¿Por qué viniste con tanto equipaje?, remató la abuela. Era una hostilidad a dúo, como para estocarme de entrada. Y yo tenía las manos tan sueltas y blandas, se me caía todo. El cansancio del viaje, dijo Esther. Que se quede sentada. Mi tía Esther me olía, típico de ella. Acá huelo algo, acá hay algo. Tan literal. De verdad, se ponía a oler, como si el sudor le dictara algún significado. Y mi madre y sus ojos tan expresivos. Armé unas preguntas: Abuela, ¿qué vamos a comer?, ¿cómo sigue tu presión?, ¿seguís sin hablarle a la vecina? La abuela era especial. Hizo un sólo movimiento en toda su vida y alineó los planetas hasta el menguante, tres hijas y tres propiedades. No trabajó nunca. Para eso estaba su marido, mi abuelo Raymon (que hablaba del milagro de estar juntos y se murió trabajando). Y ella tenía una forma de manejar… En el auto, apoyaba las muñecas en la parte alta del volante y movía los dedos como si llevara el punteo de una canción que sólo ella escuchaba. Y después, abajo del auto, a veces dale que dale con los dedos. Y eso le daba un aire de mujer implacable, otro orden de cosas. Ponía al resto en su vibración. Al final no, tenía los dedos llenos de nudos como ramas. Que cada quien haga lo que quiera, decía. Ahora, a todas se les puso estar enojadas conmigo y ¿sabés por qué, nena? Porque no digo lo que quieren oír. Por ejemplo, si una de esas que se dicen amigas me dice qué alegría verte. Yo le pregunto si tiene algo mío, algo que no encuentro, que le presté hace mucho y que nunca volvió. Y se van ofendidas. Y tu madre y tus tías igual. Lo suyo era la lógica del desprecio, andá a saber por qué, eso la hacía sentir indestructible. Así se fue quedando sola, como una imagen viviente, sin palabras y totalmente drogada. Pero esa noche, yo estaba segura que no tenía que decir nada. El vermut se alargaba. Por lo menos hasta pasar la cena. Si es que la cena pasaba. Nada. El alcohol ayudaba. No pregunten, por favor. Adentro mío lo que nadie quiere oír, quería salir. Lo heredé de la abuela. Y lo grité, para adentro, no quiero quedarme sola. Manucha sirvió otra ronda de anís, tenía una colección, campari rojo, amargo obrero negro, anís blanco, uno verdecito, eran sus juguetes. Gracias Manucha. Habíamos decidido pasar las fiestas en casa de la abuela porque ya estaba viejita. Sin hombres, decretó la abuela. Las tías, mamá y yo. Nos poníamos al día y no atendíamos a nadie. Matar dos pájaros de un tiro, dijo la abuela. Mamá y las tías no tenían hombres declarados en la última década. “Sin hombres”, era por mi novio, Ricardo. Yo ya la había escuchado diciéndole a Esther, “ese bolas tristes”, pero me había hecho la que no oía. Qué expresión pasada de moda. Pero siempre vuelve el bolas triste o tristes, no se sabe si es él o las bolas. ¿Y Ricardo?, preguntó Esther. Y Manucha largó la ronda de bitter verde. El lorito que vino a salvarme por un rato. El tiempo de inventar algo. Saqué el teléfono y me hice la que tenía que responder una urgencia del trabajo. Me fui, di vueltas y volví cuando ya preparaban la mesa. Mi madre parecía que organizaba todo. En realidad éramos las otras las que hacíamos. Mamá siempre igual. La flema inglesa, manejando los tiempos, aquí y allá, ahora y más tarde. El abuelo era inglés, pero mamá criolla como la abuela. Y fumaba, igual que la abuela. Y cuando se chupaba con los tragos de Manucha, dejaba caer la ceniza todo el tiempo, fumaba y hablaba moviendo el aire. Se reía y dale que va. Ahí sí que se reía y lloraba. Y miraba feo. ¿Y ahora que sos jefa tus colegas te quieren?, preguntó mi tía Manucha. Sí. Les gusta que les diga lo que hay que hacer. No hay nada mejor en el mundo que te digan lo que tenés que hacer, dijo Esther, mirando a mi madre. Eso fue otra embestida. La cosa es que unos meses atrás apenas, yo había tenido un reconocimiento profesional, pero las cosas no sincronizaban adentro y afuera. Cada día peor. Había una pendiente y yo me caía y me levantaba, pero cada vez me costaba más. Y Ricardo hacía como si no pasara nada, exactamente como Manucha. Y yo no fumaba, pero había empezado a consumir todo tipo de pastillas. Dormía poco y los apetitos los iba perdiendo uno a uno, casi todos. Y él como si nada. ¿Qué era yo para Ricardo?, ¿una promesa de familia?, ¿qué esperábamos encontrar que no nos hubiera pasado ya por delante de las narices? Hacía calor y mi tía Manucha pregunta ¿Qué hay para ver? Porque a la abuela le gustaba tener una película de fondo mientras se comía aunque nadie la viera. Y se puso a hurguetear una cartera cuadrada con pelis grabadas. Le muestra una a Esther que resopla: estoy cansada de esas películas donde la humanidad se transforma en algo atroz por culpa de una epidemia. ¡Siempre el mismo argumento! Yo también, tía, me escuché decir, can-sa-da. Y arremetió, un poco borracha: en esas películas siempre hay cabañas de madera donde unos pocos se salvan. ¡Como si no hubiera pasado ya! ¿Siempre el mismo argumento? Y mi abuela: al final, es atroz para los que se salvan. Silencio, un silencio largo, indescifrable. La abuela se prende un cigarrillo y agrega: yo podría haberte castigado cuando eras chica, Esther, me arrepiento de no haberlo hecho. Me arrepiento de no haberlas castigado a todas. Era su manera de decir sigo siendo la de siempre, la vejez no me ha vencido. A Manucha se le llenaron los ojos de lágrimas, los cerró con fuerza y apretó los puños. Manucha es así, hay frases que la hacen caer en sus propios abismos y nadie quiere asomarse ahí. Ella dice que es más sensible que el resto de la humanidad. Todos decimos, Manucha es muy sensible, pero yo creo que tiene una gran confusión que la angustia desde que tengo uso de razón. Qué extraña expresión, uso de razón. Manucha es así, especial. Entonces la abuela interrumpe el momento de Manucha, justo cuando se iba a enjugar las lágrimas y nos larga: tengo una noticia para darles, a vos no, me dice, vos ya tenés tu vida en la ciudad, vos tenés tu carrera. Tengo una noticia para ellas. Y los ánimos se ensombrecieron, cómo no. Abuela, yo… Esperá, Julia, que estuve esperando que llegaras. Ahí la abuela brindó por su difunto marido Raymon, mi abuelo, y nos dijo que de Raymon ya no quedaba nada. Recuerdo que la frase quedó flotando, rebotando en las paredes y de golpe se vio subrayada por una ventolera que presagiaba una tormenta. Hacía calor y los postigos se pusieron a golpear unos contra otros y a chirrear por las bisagras mal atendidas. ¿Cómo que no queda nada? Esther y Manucha soltaron al unísono y mi madre las silenció con una mirada. Tuve que hipotecar todo, hace años, cuando el campo cambió. Y ahora no queda nada, se esfumaron todas las propiedades y sólo nos quedan las caballerizas, los potros no. Las caballerizas, qué palabra. A mí no me importa hijas, el doctor me dijo que me queda un mes o dos. ¿Cómo abuela? ¿Qué decís? ¿Te vas a morir?, me escuché decir. Manucha se reía, de los nervios, pienso yo. ¿Cómo que no queda nada? Ay, qué noche de Navidad, no había perdido el toque la vieja. El tarro que está ahí, en la cómoda, es morfina, remata. Estaba al lado de la urna de Raymon, el abuelo, Q.P.D. Era un tarro de vidrio. ¿Se puede creer? La urna, un tarro con morfina y una oveja, en lugar de pesebre (¿quién puede creer en el milagro?). Toda la vida alardeó de su salud y su mal genio y ahora se le había acabado la salud y se estaba despidiendo dejándonos en la miseria. Hubo como un silencio, fue largo, interminable. Y la lluvia que se largó de manera estruendosa. Las voces adentro mío se pusieron a decir cosas, no quiero quedarme sola, cansada, me siento tan sensible (eran las voces de ellas pero adentro mío) de Raymon no queda nada. Y ahí llegaste vos, mojada, al umbral de la galería. Sólo yo te veía. Vos estabas ahí y yo te veía. Fuiste una aparición, contra los relámpagos y los truenos. Entonces, la abuela empezó a hacer esas cosas que hacía con las manos, como cuando manejaba. Pero las manos artrósicas ya no eran las de antes. Ahora eran ramas que querían vengarse y tejían un conjuro, una maldición. Manucha le lanzó ¿Cómo pudiste, mamá? Podrías haber pedido… ¿Ayuda? ¿Como aprendiste a pedir, vos, Manucha?, lanzó Esther. Pero mamá les dedicó una mirada y la abuela exhaló: abran la botella, traigan el cordero. Así dijo. Y las tres salieron para la cocina. Podrías haber pedido ayuda, abuela. Pero ya no escuchaba. Esther trajo malhumorada unos canapés que tenían que haberse servido con el vermut. Ahora estábamos todas borrachas y los bocaditos derretidos. Nos pusimos a comerlos sin mirar, todas apuradas por terminarlos. Y de pronto, vi que te adentrabas, no sé en qué momento, vi que te ibas rumbo al lavadero. Cuando la abuela se levantó para ir al baño, tuvo que haberte visto. Pensé que iba a maldecir. Pero volvió tan tranquila, como si ya pudiera soltarlo todo y aflojar de una vez esas manos tan rígidas y atadas a quién sabe qué. Entonces vos tuviste un ascenso, me dice mamá como para sacar un tema que animara la noche y olvidar la miseria. Mi madre quería jactarse a través mío porque ella lo que mejor hace es llevar el régimen de la conversación con sus miradas, desde que tengo el famoso uso de razón y no sé cómo, pero le funciona. Mamá es así, echó a mi padre cuando estaba embarazada de mí y ese episodio le dio pie para volverse nostálgica y dura a la vez. Tal vez pensó que con un solo movimiento, como la abuela, iba a alinear su vida. No le fue tan bien. Pobre mamá, tantos aires para nada. ¿Un ascenso? Bueno, no es para tanto, mamá. El asunto es que había pasado de ser empleada rasa a ser jefa de personal de una firma de ropa interior. Pero hacía cosa de una semana, en el lanzamiento de una línea de corpiños, estaba en una salita privada y empecé a mirar todos esos corpiños con ballenitas al costado, arquitos de alambrecitos forrados, push up, cajas y cajas y era como que el aire me faltaba. Tenía puesto uno que me ajustaba. Y Ricardo, desde afuera, gritaba ¡Julia! Y ahí me puse a abrir las cajas, una por una, como si estuviera buscando algo. Había un desfile por delante, estábamos en una casa señorial del S.XIX. De pronto, estaban las modelos tratando de entrar en la salita que yo había trabado. Y por la ventana subió un aroma a guano que me alteró de arriba a abajo. Habían dejado un coche tirado por caballos. Y yo no podía enfrentar lo que venía, las cajas por el piso y ese olor. Y Ricardo. Entonces salté por la ventana del primer piso, igual que la tía Esther el día de su casamiento. Antes me saqué el corpiño y los tacos, igual que la tía Esther, para caer con los tobillos sueltos. Los tobillos sueltos para poder salir corriendo. Yo sabía caer bien parada de un potro pero Esther era la gran jineta, ella competía con los peones en destrezas. Yo corría, ya sin tacos ni alambrecitos en el pecho y Ricardo que balbuceaba algo incomprensible. Ricardo, mi gerente de compras. Ese mismo día, aprovechando la atmósfera romántica del palacete del siglo XIX, Ricardo me había propuesto casamiento. Vaya a saber por qué ese día, sería la adrenalina de la presentación. Hay gente que se siente excitada y le gusta matar dos pájaros de un tiro. Como la abuela. Matar dos pájaros de un tiro es la peor expresión que se me ocurre de toda la humanidad. Dos pájaros de un tiro. Matate o, mejor, matame. Pero, Ricardo, ¿qué decís? A esa altura mi coctel incluía cuatro colores, para la constipación, acné por no decir soriasis, presión baja y depresión. Yo creo que estaba un poco deshidratada y empecé a alucinar, me caía y me levantaba, me escuché en cuatro patas decirle a Ricardo ¿Por qué no te vas un poquito a la mierda, vos y el casamiento? Y esa pregunta viajaba por mis venas a velocidades siderales y me hacía gozar, me hacía soltar, me hacía estallar. ¿No me ves Ricardo?, ¿no me ves que no como, no cojo, no me divierto?, ¿qué querés con un casamiento?, ¿a quién querés engañar? ¡Cara dura! Pensá un poco, ¡Ricardo! Y lo nombré con una voz que no conocía, eso me asustó. Era una voz de muy adentro, Ricardo. Imposible de reproducir, aunque lo intente, esa voz no vuelve más. Se fue con Ricardo. Ninguna supo casarse en la familia, salvo la abuela, un casamiento arreglado con un señor mayor que duró poco y le dejó a la viuda tres hijas y tres propiedades en sólo tres años y los campos, los caballos y las caballerizas. El día que Esther quedó soltera lloramos todas. Pero al final de la tarde, no hablábamos más que del salto de Esther desde la ventana de la iglesia. Y la abuela decía que le había puesto Esther por Esther Williams, la clavadista. Y se clavó un whisky a su salud. Pero volviendo a la cena, yo no sabía qué decir. Qué iba a decir, que me escapé por la ventana igual que la tía Esther porque justo ese día el coctel no funcionó, Ricardo me propuso casamiento y un caballo se puso a cagar bajo el balcón y ese olor me despertó vaya a saber qué. Mi vida se caía, sin trabajo, sin techo, sin amor. Y desheredada para siempre. Entonces, miré a la abuela y le pregunté ¿abuela, qué nos queda? Las caballerizas, nena. Los caballos también estaban hipotecados. Así que pueden reconvertir el espacio y construir unas cabañas. ¿Los animales hipotecados?, ¿se puede creer? ¿Cabañas, abuela? La abuela estaba depositando el frasco de morfina y una jeringuita que traía del baño, ahí, en la cómoda. Depositaba el frasco y se reía. Sí, unas cabañas, haciendo movimientos con las ramas que tenía en lugar de manos. Se había puesto plomiza. Y ahí entraste vos y la embestiste sin vueltas, la dejaste sentada en el suelo. El frasco hecho trizas. Bien hecho. Se lo tenía merecido. Nunca nadie se había animado a callarla. Menos a voltearla. Lo hiciste y te fuiste sin que nadie pudiera reaccionar. Esther y Manucha gritaron un poco, al ver a la abuela desparramada, pero se calmaron. Mamá se puso a servir el cordero que te hacía sudar los pecados del mundo. Tenía los ojos brillantes, no tan duros. La abuela estaba realmente azorada pero en calma. Al fin, había recibido un poco de su medicina. ¿Habrá sido una señal de Raymon (el que creía en el milagro de estar juntos)? Mamá servía el cordero. No era un plato acorde a la estación pero la tormenta de verano ayudaba. La abuela se despedía en un idioma extraño. Empecinada en hacer cosas con las ramas, como cortando la tormenta. No funcionaba, la lluvia repiqueteaba, mamá le acariciaba la cabeza y esperaban que la comida se enfríe. Y yo me escapé y te abracé, en el lavadero. Vos me señalaste con la cabeza el oeste, donde más abajo estaban las caballerizas. Un lugar para mí y para vos, las dos. Como cien pájaros volando. Los ascensos y las caídas, a veces, son lo mismo. Es deber de toda una vida saber atravesarlos. Y volver a saltar.

Fin

Soledad González

 

 
 

 

 

 
 

 

 

 
 

 

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