El caos inteligente que surge de la laguna

David Dunn.

Bajo la superficie del agua hay una variedad de plantas y pequeños insectos. Al principio su número parece escaso, pero cuanto más tiempo uno se detiene a mirar incluso a un pequeño segmento de la geografía de la laguna, éste se multiplica en inmensas proporciones. Mientras los sonidos arriba del agua son agradables y familiares, los que suceden bajo la superficie son sorprendentes. Su extraña variedad parece inaudita, como si fuera controlada por una lógica misteriosa pero urgente. Las minucias que producen estos chirridos y chisporroteos permanecen mayormente ocultas entre tentáculos de plantas y capas de sedimentos, pero cada una contribuye a un múltiple universo sónico de exquisita complejidad. Los timbres de cada sonido son obviamente magníficos, semejandosé una pequeña orquesta de percusión casera aparentemente intoxicada por la infinita diversidad de colores audibles.

Pero lo que más rápidamente cautiva a mis oídos, son las estructuras rítmicas. Parecen consistir en un orden de complejidad que supera al de la mayoría de la música hecha por el hombre, compitiendo con la más sofisticada composición para computadoras, o los polirritmos de la percusión africana.

 

 

 

 

 

 

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Este mundo infinitesimal me parece perfecto. Me paro en la orilla como un voyeur que escucha I. intersticios de su conocimiento auté• nonio. Así como puedo entender la necesidad científica de reducir la com• plejidad de estos so.dos a sus cualidades esenciales, no me satisfa-ce la explica., corriente de que estos son comportamientos me-ramente instintivos. Tampoco puedo aceptar la conjetura de que las criaturas son especies de protoplasma sin inteligencia, condenadas a reiterar para siempre llamados automáticos de apareamiento o de demarcación territorial. El músico que hay en mí no puede evitar escuchar mucho más. Primeramente existe este sentido de urgencia. Mientras cada uno de .tos sonidos parece estar suspendido en un aura de necesidad, hay algo que sa más . de la mera acción autómata Escucho la ur-gencia de la experiencia gozosa con un propósito, lo que Alfred North llamó “el goce de ser wito entre muchos, y ser uno que surge de la composición de varios”. Esta es la urgencia conmovedora de la autorreferencia y de la emergencia de un mundo autónomo ante la pesencia de otro.

Luego están los ri.os emergen., estas elásticas ptdsaciones de vi-da, sonando como si la verdadera morfología de estos pequeños se-res y el macrocuerpo de la laguna dependieran de este palabrerío acuático para el mantenimiento del tiempo y el espacio: percusio-nistas primitivos involucrados colectivamente en la creación de uni-versos, estrujando juntos la resonancia chirriante de sus vísceras. Esto no es el diseño mecánico de un sistema caótico. Lo que me ha-bla es lo genuino y su vitalidad. No se puede desmantelar esta totalidad con la esperanza de que . invitados revelen sus motivos ais-lados del grupo. Las profusas interconexiones entre estos organis-mos delatan las limitaciones del pensamiento reduccionista, y yo me quedo con la certeza de que .1a evidencia de esta totalidad que se manifiesta en sonido lo que tengo que aprender no sólo a res,. tar sino a comprender. La hipótesis de los bioacnst. icos dice que cada lugar del mundo habitado por organismos vivos tiene un bioespectro acústico único. El coro de sonidos que lo comprenden puede suministrar informa-ción sobre la dinámica del ecosistema permanente, así como la in-formación sobre la ecología colectiva se transmite a los organismos coexistentes. Desde esta perspectiva, puedo imaginar el bioespcctro audible de la laguna como un extraño atractor de expresión recurrente. Una voz caótica que ayuda a mantener vivo al ecosistema. (…) La placidez de la superficie del agua toma el sentido de una mem-brana que encierra la inteligencia colectiva Sé que este no es un pensamiento racional , pero no puedo resistirme a él. Estoy encantado de que sea a nal,és de la escucha de la laguna que me veo obligado a entender su totalidad. Nuestra dependencia de metáforas visuales y espacio-temporales elude el sentido de inter-penetración de las cosas vivientes. •-) No necesitamos antropomorfizar la vida que nos rodea. En vez de ello podemos celebrar esas misteriosas ocasiones que han dado a luz a Cada forma de inteligencia Durante siglos la mayoría de la humanidad ha afirmado la inferiori-dad de las formas vivientes no humanas. Se les negaba a los anima les su autonomía y se los relegaba a la condición de máquinas. La justificación de esta actitud se basaba en la creencia de que los ani-males no poseían lenguage y por lo tanto no podían ser conscien-tes. Un nuevo examen de versiones contemporáneas de esta prerni

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Revista Experimenta

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