Dramaturgia de la ausencia.

José Luis Arce.

 

 

 

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Es verdad que búsquedas y experiencias artísticas, al igual que en la ciencia, no pocas veces son manipuladas bajo distinto tipo de auspicios. Sabemos la historia de destacados científicos ‘sometidos’ por grandes transnacionales del medicamento trabajando para encontrar la ‘vacuna’ de esto o de aquello. Hasta el Sida o a la gripe A, se mencionaron como pestes liberadas adrede de los laboratorios. Una conclusión sobre esto respondería al objetivo de no dejar que eventuales buenos resultados, sean traficados en una masa negociable justamente por provenir de búsquedas o experimentaciones. Así las cosas, todo pasaría por prevenir en el arte, tal manipuleo. Es desde esta perspectiva que puede ser válido hablar de infinito, con la esperanza de que cosas hay que no tienen dueños y no por mor de romanticismo. Lo inconmensurable, el infinito, se levanta ante el ser humano, sin nombre. El lenguaje arremete sobre esa infinitud, nombrando. La capacidad nominativa de las personas acerca un poco más ese infinito hacia nosotros. Nombrar es una capacidad que tiene el ser humano que lo convierte en el único gran nominador de la naturaleza. El artista simboliza de por sí, la capacidad humana de nombrar las cosas desde la imaginación, inventando o desocultando lo que nadie ha visto (o se ha dignado ver). Nombrar lo que ya tiene nombre, también es humano, pero a diferencia del primer caso, lo hace a partir de condicionamientos pre-determinados, reproduciendo sin novedad el ADN de la realidad. Nombrar es toda una experiencia. Los hechos de la vida no nacen con una imagen, no la portan en sí. Es el hombre el que las inventa. El proceso de nombrar está teñido de nuestra subjetividad, en la que su sígnica connota la estructura y la fisiología de los hechos representados. Hay signos flotantes que, sin referencia al hecho, ‘cazan’ por la interpretación del receptor un significado. Su valor de sugerencia vuela de mente en mente, alimentándose de ese don poslingüístico de interpretar que tiene la gente. Lo contrario es la vacuidad innominada. Siendo la imagen ad referéndum, está claro que conmoviendo la referencialidad, se conmueve el sentido. El lenguaje es también, visto desde la imaginación, lo infinito que se quiera. El léxico, para el investigador teatral, es una de los elementos que lo caracterizan. El experimentador evidencia su calidad de tal en ese nombrar aludido. Ese nombrar tiene la capacidad de crear ‘mundos’. Es decir que en ese nombrar se expresa un deseo, una consumación y una extinción. El deseo es tragado por el vacío que hay en el propio objeto-hecho sin nombre. El objeto tal cual es, es anterior a su nombre. Toda búsqueda de una esencia que se hace por el nombrar se puede hacer a través de un des-nombrar. Es decir que nombrar debe ser capaz de producir la liberación del objeto verdadero en su des-nombrar. El lenguaje, así, porta la memoria de lo innominado.

 

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Ahora, un objeto, real o no, que pasa por el velo o la pátina de la escena, en qué muta o cambia su sustancia como para devenir mirable y eventualmente pensable. Por empezar, el objeto ocupa un lugar, y si bien, malas resoluciones artísticas hacen muchas veces que los objetos parezcan estar por estar en ese lugar, sabemos que es difícil que sea así, porque nunca falta un crítico agudo que se da cuenta y lo remarca: “ese objeto es superfluo, está de vicio en la escena”. ¿Cuál es el crímen? Y, que cuesta tanto dar sentido a la escena, que todo lo superfluo se lo saca. Lo superfluo amenaza de vacío a la escena. Ya no el vacío pleno de toda vaciedad seductora de la plenitud, no. Y se lo saca porque no se puede pensar sin pensar ‘algo’ y ‘algo’ es el objeto. Algo es algo porque es objetivable, digamos. Y un objeto des-objetivado, es una calamidad, un atentado a su identidad, un crímen de lesa artisticidad. Es que el objeto del pensar es objetivable, incluso como idea, como intangibilidad, como humo, como energía, como espectro o quién sabe qué. Es decir, el objeto es todo aquello a lo que se dirige un acto psíquico. Y todo acto psíquico es un acto de representación, de juicio, de sentimiento. Esto quiere decir que el objeto ayuda a que pase algo en la medida en que promueve un acto. Para nosotros el acto de un objeto es su presencia, ¿no? Y es por su presencia que yo acuso recibo como espectador. Ya no decir que el objeto le habla a quien lo percibe, aunque es en realidad así. El acto, en este caso, es el habla del objeto. No hay objetos inocentes. Y el crímen digamos, es lo meramente decorativo, o sea, si el objeto está al vicio en la escena, está calificando la impropiedad de dialogar. Entonces, si es así, se trata de que tenga vida.

 

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Mirar la ausencia. Ontologizar los cuerpos ficcionales, que son del rango de la espectralidad. Gránulos de arena en los desiertos de Ballard. Todo emplazamiento escénico, teñido de su artisticidad, es post-corporal, sucesivo a un duelo: el del sistema psico-físico que convoca a sus fantasmas a operar creativamente la escena. El viejo y milenario dispositivo, con sus traqueteos o como dice Derrida, un ahora desquiciado, disyunto o desajustado, out of joint, donde reina la multiplicidad, la heterogeneidad. La inminencia de una aparición, una (re)aparición. El tema es dónde recupera el alma en pena la alegría. ¿En la representación? ¿En una alteridad sin nombre? La promesa de los dobles, lo que esperando no aparece, pero que están al caer. La presencia convocante se llena de porosidad, hasta ahuecarse cavernariamente como piedra pómez, la presencia del cuerpo a secas del actor. La exhibición de atrocidades. Pero aquel llama, convoca. Se esfuma, se marcha. De su efluvio nace la vaharada escénica. La magia de negar su ser, porque mecánicamente viene otro a ocupar su espacio. El octavo pasajero de la zona de veda (la escena). Ese ser transmigrado que se aviene a cubrir el vacío uterino del creador. La física paradójica donde la crisis de la presencia certifica ese fenómeno de enana blanca donde explota la realidad y los modelos de individuación agotados. El colectivo Tiqqun, guiados por las ideas de Eduardo de Martino, acometen un rescate mágico en ese mismo momento en que la atenuación del ser en el mundo, la crisis de la presencia, ocurre. En la estructura de un yo de baja intensidad, de un Bloom, el trance convocante a crear un mundo. Debilidad óntica para germinar los ‘dobles’, la alteridad. Emplazamiento espectral sometido a la credulidad ingenua del espectador. El don de la escena es el fracaso de tal credulidad; aquello que destruye el soporte en el que se sostienen ficción e ilusión. Siempre la teatralidad es la presencia de un espectro. Una fisicidad paradojal. Un camuflaje bélico de invisibilidad, en la guerra del ser. Orugas en la casa del ser, a través de los muros, como el ejército israelí para sorprender al palestino (Eyal Weisman). Zozobra de las cosas en las que creímos. El Visitante de Teorema (Pasolini) seduce por su novedad, sobre las vidas signadas por la abulia y el conformismo. La herramienta que se nulifica en la rutina, sólo puede recuperar sus valimientos, en un trance re-energizador. El actor como individuo autosolvente del capitalismo, es el escenario donde se resuelve una individuación alternativa. La actuación como crítica a la configuración antropológica de nuestras sociedades. La construcción actoral como remedio para melancólicos es un fracaso, una caricatura al intríngulis existencial. El actor se desembaraza del molde de bienestar personal que no le imponen sino su fragilidad, su indolencia e indiferencia a los problemas comunes. En cambio, la actuación es un dispositivo crítico, un cincelamiento de una nueva manera de ser uno.

 

 

 

 

José Luis Arce

 

 

 

 

 

 

 

Revista Experimenta

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