DISCÉPOLO Y EL NIHILISMO EUROPEO[1]

 

 

“No hay más que violencia en el universo; pero a nosotros nos ha echado a perder la filosofía moderna, que ha dicho que todo está bien, al paso que el mal lo ha manchado todo, y que, en un sentido muy verdadero, todo está mal, puesto que nada está en su lugar.” Joseph De Maistre

 

Cantar la desdicha de un amor imposible de consumar, cantar la traición de la mujer amada, cantar la muerte de un ser querido, son tropos que desde hace siglos, al menos desde el medieval Tristan e Iseo, el arte occidental ha musicalizado una y otra vez.

Denostar el mundo presente, quejarse en endechas de la mecánica corrupta del tiempo, intentar despojarse del móvil que mueve a los hombres, son elementos que bien configurarían una filosofía, no una música.

Como René Guénon, como Kierkegaard, como León Bloy, como Dostoievsky, el de Discépolo- arte espiritual de los más torturados que se conoció en estas tierras- es un arte religioso y combativo.

No sorprenderá al lector que dediquemos un apartado exclusivo a la obra poética y filosófica de Enrique Santos; si estamos hablando de la espiritualidad del tango, si intentamos construir los pedazos dispersos de su metafísica musical, sin la obra de Discépolo sólo tendríamos la mitad de un sugerente rompecabezas, un lujoso libro del que pocas conclusiones podemos sacar, una obra que nos cautiva, como el ilegible Manuscrito de Voynich, pero que nada nos dice al espíritu.

Verdad es que Mi noche triste, Volver, Aromas o Tinta roja pueden develarnos, abrirnos sesgadamente- bajo el velo de la metáfora- el contenido filosófico-espiritual del tango. Pero también es cierto que sin Qué vachaché, Yira Yira, Confesión, Uno o Cambalache, las puertas sesgadas nunca se hubieran abierto del todo al que quiere oír lo que el tango tiene para decir.

A modo de comprobante testamentario están allí los tangos discepolianos no escritos por Discépolo, que tanto éxito han tenido. Hablamos de Al mundo le falta un tornillo, Como abrazado a un rencor, Las cuarenta, o Desencuentro. Tangos en los que el autor de turno manifiesta un sentido brutal de la realidad. La reacción discepoliana funciona como cataclismo y catársis liberadora al que emite el juicio y, en última instancia, al que lo escucha.

Cadícamo es famoso por Nostalgias y por Los mareados, pero los gardelianos recuerdan su atronadora sentencia: “Hoy se vive de prepo y se duerme apurao”. Lo mismo puede decirse del casi anónimo Antonio Podestá, periodista del vespertino Última hora, y famoso autor de la frase “yo quiero morir conmigo, sin confesión y sin Dios, crucificado a mis penas”. En Cátulo Castillo que, como Cadícamo, manejó todos los registros, y en todos dejó su impronta, la influencia filosófico-pesimista discepoliana es innegable. Una canción, Desencuentro, y La última curda, no se podrían haber escrito sin su genealogía: Esta noche me emborracho, Yira Yira y Alma de Bandoneón.

Discépolo es el espíritu religioso más profundo que dio la historia del tango. Marca una bisagra definitoria con la aparición de Qué vachaché, y deja sin palabras- o sin metafísica- al tango que intenta sobrevivir más allá de la década del 50. Además de los méritos estéticos de sus canciones, de ser el autor de sus letras y también el compositor de sus melodías- hecho que no volvió a ocurrir en el tango, salvo contadas excepciones-, una de las virtudes centrales de la obra discepoliana es el polemos de su contenido filosófico-ético. Si hasta la década del 20 el tango era una suerte de excusa para sacar a bailar a una señorita en medio de un bailongo, con Discépolo, la mesa de café y el vaso de alcohol se convierten en nuestra única compañía a la hora de reflexionar, porque para Discépolo el tango es un método de reflexión sobre la realidad.

Si Contursi es el que labra la primera metáfora del tango a partir de Mi noche triste, es Discépolo el que realizará el primer juicio ético sobre la subversión de todos los valores que ha corrompido la época moderna, a partir de Qué vachaché. De allí en más, toda la lírica del tango asumirá como propio el pesimismo discepoliano, aceptará como suyo este enjuiciamiento sobre el mundo. Las quejas y maldiciones de Discépolo se desplazarán por sinécdoque a toda la atmósfera espiritual del tango.

Discépolo es un moralista que reacciona no sólo ante los valores de la época sino también ante su pervertida filosofía.

Por empezar, no sería exagerado afirmar que casi no existe letra suya en que la religión no esté presente, ya sea mencionando a Dios, la fe, la Biblia, la oración, etc. Su obra dialoga en todo momento con el cristianismo, ya sea añorando la estabilidad medieval, o reprochando el lugar que el hombre moderno le ha deparado al Creador.

Por otra parte, y mal que le cueste a quienes han creído lo contrario, Discépolo combate -en su mismo frente de batalla- al nihilismo nietzscheano y por extensión, a todo el nihilismo europeo. Una simple cuestión de principios- entre un hombre religioso y un ateo- lo separa del filósofo alemán; si por un lado puede hablar su idioma plagado de invectivas y maldiciones, por el otro denuncia su nihilismo.

Nietzsche ha obtenido póstumamente la consagración universal por su celebración dionisíaca de la caída de todos los valores, cuna de mimbre y paja donde nace el “cambalache”. Dicho ditirambo -no es casual- lo derivó en la locura y la muerte. Discépolo, muy por el contrario, objeta el curso que las cosas han tomado justamente desde esa caída de los valores que festeja la modernidad. Y aquí las similitudes con Joseph de Maistre y León Bloy son innegables. “Bloy vitupera mejor que los profetas; su fuego se alimenta del estiércol de toda nuestra época”, escribió alguna vez Kafka en su Diario. Palabras que al argentino le remitirán a Yira yira y Cambalache.

De Maistre y Bloy fueron duros inquisidores y polemistas de una época que todavía no mostraba sus peores calamidades. Hasta donde nosotros sabemos, el único inquisidor del siglo XX que diera el idioma castellano fue nuestro Enrique Santos, testigo directo de uno de las épocas más oscuras que viera el hombre. Muchas de las exageraciones de De Maistre y Bloy cumplen la misma función en el juicio de Discépolo: provocar al otro para despertarlo de su abúlico letargo.

La reacción de Bloy y la de Discépolo tienen una similitud asombrosa, y ambas pueden verse espejadas en el acápite que citamos de Consideraciones sobre Francia. La democracia y su nivelación universal, el progreso sin fin y la gaya ciencia, han conseguido pervertir el orden en que vivieron los antiguos. El estado de suspensión en que entraron las categorías de lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, ha provocado el nihilismo y la apatía en el hombre moderno. Sólo los espíritus religiosos, los que creyeron platónicamente en el contenido sempiterno del bien y el mal, fueron los que reaccionaron y siguen haciéndolo ante la caída[2].

Discépolo, como Bloy y como De Maistre, opera por reacción ante el nihilismo europeo; nihilismo que puede verse en la construcción de falsos ídolos- democracia, progreso y ciencia- que la modernidad ha diseñado, y que también se evidencia en el “cambalache” nietzscheano, donde la nivelación igualitaria de las jerarquías no deja lugar a ningún saber ni autoridad. “Cambalache” que Discépolo hace notar no sólo en su obra homónima, sino también en “Qué sapa, Señor?” donde habla de la desaparición de de la vieja tradición monárquica: “Los reyes temblando remueven el mazo, buscando un yobaca para disparar”.

Todo problema es un problema de religión, lo que equivale a decir que detrás de todo conflicto hay una crisis de valores, y esto lo entendió Discépolo en Cambalache, donde denuncia la vidriera irrespetuosa en la que se exhiben nivelados, como iguales, a un delincuente y un médico, al que trabaja día y noche y al que “vive de los otros”. El mundo moderno no se encarga de jerarquizarlos, todos han caído en el mismo lodo.

Nietzsche, estamos seguros, hubiera festejado esa absurda nivelación. Nietzsche, al igual que cierto personaje de Dostoievsky, cree que “si Dios está muerto, todo está permitido”. Discépolo, en cambio, cree que si Dios está muerto, “ya murió el criterio”, y la nivelación que produce el “cambalache”, donde Jesús y el ladrón ocupan la misma plaza, sólo deja lugar al desorden.

“Hay hombres que necesitan la catástrofe” escribió el poeta Christian Morgenstern. Discépolo utilizó a su manera la hecatombe de la época para elaborar su denuncia contra el orden filosófico mundial.

Qué vachaché, Yira yira y Cambalache demuestran que la reacción colérica de Discépolo responde a “que no hay ninguna verdad que se resista, frente a dos mangos, moneda nacional”, y a “que todo es mentira”. En síntesis, Discépolo resume esta nivelación en el axioma: “todo es igual, nada es mejor”. Este es el fruto fermentado de la modernidad, de sus falsos predicamentos, y también la inevitable consecuencia de una filosofía que en vez de combatir el mal con el bien, se alistó en las cómodas filas del relativismo, donde términos como el bien o el mal carecen por completo de sentido. Por ello, la lucha de Discépolo es la lucha de un cruzado por mantener los viejos ideales del cristianismo: “Yo hubiera dado mi vida por conservar la ilusión” dice el plañidero protagonista de Desencanto.

Guarda absoluta coherencia con toda la obra discepoliana la desolación de sus títulos: Infamia, Desencanto, Yira yira, Chorra, Canción desesperada, Martirio, Tormenta; estados de ánimo de un hombre espiritual que no encuentra asidero a su humilde esperanza, pruebas de fe de un creyente cansado de vivir, que busca en Dios una salida, como en Tormenta, monólogo salmódico de un Job porteño que sólo atisba a suplicar: “No quiero abandonarte, demuestra una vez sola que el traidor no vive impune, Dios, para besarte”[3]. Aquí no hay otro testamento que el de un sujeto perdido por un ideal que reconoce imposible de consumar en este mundo: “Enséñame una flor que haya nacido del esfuerzo de seguirte”. Como en la Noche oscura del alma de San Juan de la Cruz, la oscura tormenta discepoliana sólo tiene un significado: buscar el nombre de Dios.

Pero este debate se da en el interior de su espíritu, mientras la burla de la realidad fragua un sistema donde “el que no afana es un gil”. El mundo siempre ha despreciado a los que no saben robar, y la obra de Discépolo se encarga de confirmarlo y de amparar a estos hombres signados por el fracaso de ser honestos[4].

Exhibida la máscara absurda de la realidad, explayado en toda su miseria y calamidad el afán inescrupuloso de los hombres que “no piensan ni sueñan”, el sujeto discepoliano es un arlequín que “salta y baila para ocultar su corazón, lleno de pena”. La fe en el otro, pertrechada como una visión ilusa o idílica del prójimo, suele distorsionar la visión de los personajes de Discépolo: “Eras mujer… pensé en mi madre y me clavé” puede ser el resumen de la ensoñación en que estos sujetos deambulan, creyendo que sus ideales, no corrompidos por el pesimismo colectivo, pueden convivir en otras personas. Y he aquí que surge el desasimiento discepoliano; ante la inminente caída, o la asunción de la cruda realidad, el personaje decide por la ilusión, por una visión utópica del prójimo, mediante el emborrachamiento del “no pensar”, o la dolorosa confesión: “Me clavó en la cruz tu folletín de Magdalena, porque soñé que era Jesús y te salvaba”. Discépolo supone que un cristiano tiene el deber de salvar al otro antes que salvarse a sí mismo, y para ello disfraza las maldades del prójimo, mediante los efectos distorsivos de la ilusión, en aras de esta visión idealista de los otros: “Fue a conciencia pura, que perdí tu amor, nada más que por salvarte”. Salvada la amada, como en la póstuma e inconclusa letra de Fangal, ella vive feliz “linda, como un sol”, y él se arrincona, se esconde de la mirada cruel de los otros, para llorarla.

Los personajes de Discépolo, encarnaciones sucesivas de la honda esencia de su progenitor, viven en la bondad edénica: “Por ser bueno me pusiste a la miseria” dice su carnicero. Siempre se donan por el otro en un acto de amor, por lo que al saltar hacia su prójimo, caen en el vacío de la desolación. Allí, en el desencuentro con el otro, ya expuesto, el sujeto discepoliano comprende dolorosamente la maldad del ser humano. Ya cruzado hacia este lado, ya probado el fruto prohibido, en el triste cabaret revelador, y dentro de la vidriera irrespetuosa, el sujeto discepoliano se vuelve un arlequín, una máscara grotesca[5] que exhibe las miserias que los demás ocultan a la luz del día. “Cuánto dolor que hace reír” resalta un hombre vuelto payaso, expuesto a la mirada cruel de los otros. Decepcionado, “vacío de ya de amar y de llorar tanta traición”, el sujeto discepoliano se vuelve pesimista, noctámbulo, quejoso.

Una vez puestas en la mesa todas las cartas, sin tapujos, Discépolo- personaje de Discépolo- no tuvo otra salida más que la decepción, solitario en su tormento, y “ciego en su penar”.

La obra discepoliana no podía culminar de otro modo- ya cumplida su catarsis religiosa- que con un poema de agradecimiento al único refugio que en Buenos Aires pudo encontrar el sujeto de sus historias: el cafetín. El cafetín es para Discépolo la Iglesia del tango, donde los viejos valores, la amistad, la confidencia, la sabiduría, y el abrigo maternal han permanecido intalterables dentro de la gran hecatombe que corrompió la época. Discépolo, torturado poeta litúrgico, entendió que una obra no puede cerrarse maldiciendo, que para los cristianos, el agradecimiento vuelto salmo, debe ser su último estertor. Y después el silencio, la comprensión pasiva y la espera del más allá[6].

La vida de Discépolo y la de sus personajes, “sagrada y sencilla como una oración”, es un fervoroso testimonio de que aún en estos siglos que corren, Dios sigue haciendo hombres derechos y tenaces como el acero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] El presente ensayo pertenece a un libro que escribí en el año 2012 y que permanece inédito, titulado Metafísica del tango.

[2] Aquí tal vez radique la única similitud entre Nietzsche y Discépolo: ambos se enfrentan ante la ideología del “progreso” y la “democracia”, sólo que Nietzsche lo hace enfrentándose también a la Antigüedad y la Edad Media, mientras que Discépolo encuentra que en esos períodos, pudo fecundarse la libertad espiritual del hombre, y éste pudo encontrar un asidero que hoy día es cada vez más difícil hallar.

[3] La visión historiográfica de Discépolo es compleja. Su obra es una clara denuncia contra los ideales hueros de la época moderna, pero también, y en esto el pesimismo de Schopenhauer, y el influjo de la historiografía moderna- Spengler, Toynbee- es claro: toda época significa una corrupción de la materia sobre el espíritu. Por eso, en Qué vachaché, Jesús y el ladrón siguen siendo nivelados, no sólo en el Gólgota, sino también en la visión que tiene del mundo la mujer que habla en ese tango. En Tormenta ocurre algo similar: Judás sigue besando con un beso traidor la camaradería de su Maestro. Lo mismo en Cambalache, donde el mundo es una desgracia tanto en la época de los presocráticos como en la fracasada presidencia de Fernando de la Rúa.

[4] Otra muestra de las diferencias espirituales entre Nietzsche y Discépolo se evidencia en la compasión que éste último tenía por los “giles” diseñando toda su obra bajo el perfil de los fracasados, “disfrazados sin carnaval”. Nietzsche creía poderosamente en un darwinismo sociológico, o selección natural entre los hombres. La voluntad autodeterminada, llamada por él “voluntad de poder”, única voz de la conciencia a la que el superhombre oye, desecha por inferiores e inútiles a los hombres que viven amparados en viejas ideologías o en la “moral de esclavos”, como la religión cristiana, considerada por el filósofo alemán como la reacción de una casta de ignorantes pobres ante la nobleza del Imperio Romano.

Discépolo, pensador profundamente religioso en este sentido, siempre sintió una fuerte inclinación hacia los más débiles, identificándose con ellos: el carnicero estafado, el idealista burlado por su mujer, el pobre desocupado que no encuentra salida, el fracasado que prefirió dejarse caer llevar para salvar a su amada. Manzi, en su homenaje póstumo, supo definir de manera sintética ese patetismo compasivo discepoliano: “te duele como propia la cicatriz ajena; aquel no tuvo suerte, ésta no tuvo amor”.

[5] No podemos olvidar la influencia que su hermano Armando tuvo sobre Enrique, y con él el grotesco criollo y el absurdo pirandelliano, uno de los temas de cabecera de nuestro poeta.

[6] Cafetín de Buenos Aires es un tango arquetípico de todo lo que el tango quiso alguna vez encomiar y es además una de las obras de mayor sesgo litúrgico que diera nuestra música popular. Todo lo bueno que el tango cantó en este mundo sobrevive sólo en el café, reuniéndolo: el amor desinteresado, platónico, de los amigos; la piedad maternal y abrazadora del café; la confidencialidad sacerdotal de sus mesas; el ritual ascético y purificador del vino, y por último- como corolario de lo que todo terreno sagrado despierta- la conciencia de pecado, la destrucción del ego, llamado por aquel que evoca melancólico, “la poesía cruel”.

El cafetín es arquitectura del origen: un templo sagrado donde el hombre se desnuda de las tareas cotidianas y entra en ese tiempo de la eternidad que es el tiempo sagrado. Allí su conciencia se deshace del ego y se suspende en la atmósfera ritual del ambiente.

El cafetín es la escuela formativa del dolor; metáfora edilicia de lo que el tango forjó en nosotros.

El cafetín nos enseña la piedad, el desasimiento, y nos hace hombres junto a los hombres.

 

 

 

 

 

 

Ezequiel Ambrustolo

http://elblogdelamanuense.blogspot.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Share