de Beckett a Apollinaire
“?Cuántas palabras, Dios mío! Pero, ?qué he explicado?”
-Fiódor Dostoievski, Memorias del Subsuelo

 

 

 

 

?Qué es la palabra? ?Es la posibilidad de comunicarse? ?Es acaso la capacidad de abstraer pensamiento y de formular conocimiento? Durante cientos de años se ha pensado en la palabra como vehículo de la conciencia y de la razón, y por consiguiente, como la gran posibilidad de salvación del hombre, confiando en su progreso infinito. No obstante esto, ella encierra su propia autodestrucción constante: la palabra es muerte, es un lapso transcurrido, un presente irrecuperable que ocurre a cada instante, que se pierde inmediatamente sucede. Y no solo eso, sino que requiere de su opuesto, el silencio, lo eterno, para poder constituirse, así como el hombre no puede vivir sin los límites que representa la muerte. La palabra es entonces lo efímero, y así el conocimiento se convierte en una acumulación de lo efímero, una pérdida constante. Tal como observa Albert Camus, “comenzar a pensar es estar minado”. La conciencia del mundo y la incapacidad de aprehenderlo es lo que lleva al hombre hacia el absurdo, el saber que se dirige hacia una perdición irreparable atravesado por la incertidumbre de no poder comprender ni superar. Es la sed de saber del hombre lo que lo lleva a su perdición, a la que se precipita por su propia voluntad, tal como Erik Lönnrot, en La muerte y la brújula de Jorge Luis Borges, se lanza, traicionado por su propia curiosidad, hacia su muerte. Si interpretásemos a la manera de Frank Zappa el mito de Adán y Eva, y entendiésemos al conocimiento como parte del castigo de sufrir, entonces, ?qué pasaría si se exagerase ese castigo, si se lo convirtiese en una versión moderna del mito de Sísifo? En otras palabras, ?qué pasaría si se produjese la condena perpetua de la conciencia y la razón?
Para resolver estas preguntas encontraremos en Samuel Beckett y Guillaume Apollinaire dos textos magníficos que nos permitirán formular una intertextualidad secreta. La posibilidad de conexión entre ambas obras, nos permitirá jugar sobre las posibilidades del lenguaje y el tiempo, así como del conocimiento y la razón. Así, partiremos del análisis de El encantador putrefacto, escrito por Apollinaire en 1909 y desde allí seguiremos hacia El innombrable de Beckett, publicado en 1953.

 

 

El encantador putrefacto, de Apollinaire, nos revela al legendario mago Merlín en una situación particularmente interesante: nos encontramos ante un hechicero que no puede moverse, que está atrapado en una tumba de piedra y flores, a la cual entrópor su propia voluntad. Sin embargo, su cuerpo se encuentra inmovilizado por la magia de la Dama del Lago, que lo ha engañado constantemente mediante la magia misma que él le ha enseñado a cambio de amor. Merlín está muerto, y su cuerpo está pronto a comenzar el proceso de putrefacción, pero no obstante, su alma aún se encuentra viva. Es un muerto que puede hablar, razonar, e incluso increpar a aquella que lo traicionó. Pronto se acercarán a visitarlo toda clase de seres de distinta índole que hablarán con él, desvaneciéndose tras sus parlamentos. Solo quedará Merlín ante su destino de putrefacción, plenamente consciente pero inmóvil y desgastándose. Cabe destacar el nombre del texto original en francés es L’Enchanteur pourrissant, es decir, “El Encantador pudriéndose”. Si bien hemos trabajado con el nombre de la edición disponible, la condena noes un hecho pasado, es un momento que se sostiene en el presente, y que solo podría concluir cuando los “huesos, que se dispersarán, se vuelvan a unir”.
 

 
Vemos así varios niveles de intertextualidad posible con El innombrable, hasta ahora no explorados. Encontramos dos hombres que no pueden moverse, solo disponen de la conciencia y de la razón, mientras el cuerpo se corrompe. Este puente intertextual podría llevarnos a pensar en una obra en íntima conexión con la otra, ya que ambos presentan esta evocativa imagen de lo inmóvil pero, mediante sus propios matices, podremos generar la posibilidad de una coherente vinculación. El texto de Beckett nos presenta a un sujeto aparentemente perdido en un espacio incomprensible, que se va desintegrando mientras no puede hacer otra cosa que hablar, está obligado a hablar. Ambos sufren de la incapacidad de detenerse, uno de la putrefacción, y el otro del habla y la desintegración. Ambos han sido traicionados por su conocimiento, y experimentan el proceso del saber infinito, muerte del cuerpo pero no del intelecto, una no-muerte paradójica, ya que, cuando se posee la eternidad solo en base a la conciencia, ?es posible mantener la concepción del tiempo? ?Sería posible llevar la cuenta de un tiempo infinito cuando el hombre siente la necesidad fundamental de abstraer, es decir, hacer cortes de tiempo y de conocimiento? ?Sería posible lograr mantener ordenado ese saber? Y sin embargo, ambos no pueden dejar de percibirlo y de verse atravesados por la muerte de un tiempo que no cesa nunca de morir, una nueva forma del mito de Sísifo, pero planteado desde un espacio aún más claustrofóbico que la repetición de una tarea inútil: la inmovilidad del cuerpo frente a la fluctuación de la mente, la incapacidad de emplear la razón si no es para una acumulación infructífera. Verdadera pesadilla en los tiempos de la producción capitalista, esta variante del mito de Sísifo se convierte en la necesidad diaria de consumir el tiempo mediante el uso de la palabra y del saber. El saber incontenible hiere a la conciencia que se ve obligada a producirlo en el momento del desborde absurdo. Si retomamos el concepto antes observado de Camus, entonces encontraremos que el lenguaje es ingrato, ya que, como observa el Encantador “[el más ingrato] es la herida del suicidio. Porque ella destruye a su creador”. El lenguaje, la razón y el conocimiento se conjugan en la muerte y lo efímero.

El personaje de la pieza de Beckett evidencia el punto máximo de esto cuando dice: “es menester seguir, no puedo seguir, voy, pues, a seguir, hay que decir palabras mientras las haya […] quizá me llevaron hasta el umbral de mi historia, ante la puerta que da a mi historia, esto me sorprendería, si da, seré yo, será el silencio, allí donde estoy, no sé, no lo sabré nunca, en el silencio no se sabe, hay que seguir, voy a seguir”. Vemos así cómo el tiempo se superpone con el conocimiento. ?Es posible calcular el conocimiento infinito? Esto a su vez nos lleva a otra cuestión dentro de lo claustrofóbico: el ritmo. ?Cómo debería leerse El innombrable? ?A qué velocidad hablaría alguien que se encuentra atrapado por el infinito y no puede dejar de hablar, totalmente a su pesar? El tiempo es ritmo, y traducido en ritmo encierra al hombre una vez más y lo sumerge en la desesperación de no poder cometer ninguna acción que lo libere verdaderamente de la muerte del tiempo. El hombre es aplastado por la infinidad del tiempo.

 

 

Encontramos una diferencia muy particular entre ambas figuras, la posibilidad de callar. El Encantador recibe varias visitas de diversa índole, incluso de su castigadora, y entabla diálogos con aquellos que lo vienen a saludar. Maurice Maeterlinck en un ensayo publicado en El tesoro de los humildes, observa cómo el silencio es la capacidad de oír a otros, y por lo tanto, de aprehender otra alma y de “dar un instante de existencia a la nuestra”. El castigo del Encantador es muy distinto en este aspecto al del personaje de Beckett, ya que este también es visitado, pero está encerrado en la soledad de no poder interactuar, de un silencio activo totalmente imposibilitado. La palabra es la que imposibilita en el universo beckettiano, y aquí no es la excepción. La palabra se interpone y deja en soledad a quien habla contra su voluntad, lo apresa en sus cavilaciones, que lo dejan imposibilitado de acción: “no se tiene nada que decir pero se está obligado a seguir hablando”. Esto genera un efecto particularmente interesante cuando se ve el falseamiento lógico mediante la idea de la mímesis. ?Cuál es el lugar del lector en este texto? ?Podría ser el lector un visitante más? ?Podría haber dos cuerpos en lugar de uno, posicionados uno junto al otro, uno totalmente mudo y el otro condenado a hablar indefinidamente? ?Podría ser que se hable en absoluta soledad sin tener nada que decir a absolutamente nadie? También lleva a repensar el soporte en el que se encuentra: El innombrable, ?se trata de una novela o de una obra de teatro?
La posibilidad de conexión entre ambas obras se posibilita no solo por la imagen que ambos presentan en sí misma, sino por la idea de la desintegración-putrefacción sumados como factores del desgaste del tiempo y el saber. Si el tiempo es infinito y el saber se extiende en el tiempo, ?sería posible saber infinitamente? ?Recordar absolutamente todo, cada detalle de cada pensamiento? Se genera una fuerte tensión entre la limitación del hombre para aprehender la información en relación con el tiempo, el hecho de la abstracción propiamente dicha. ?Sería posible convertirse en un Funes como el que nos presenta Borges? ?Sería posible recuperar toda la eternidad cuando esta no tiene límite? ?Podría ser el Innombrable una versión avanzada del Encantador, cuyos sentidos ya se han corrompido por los saberes y que se han deformado por el paso de un tiempo “inmemorial”? Las visitas del Innombrable podrían disiparse en el tiempo, el cuerpo podría deshacerse, la memoria podría desgastarse por la necesidad de resumir y conservar información, la distancia del tiempo mismo podría tener un efecto difuminador análogo al de la perspectiva aérea. ?Podría un cuerpo corromperse por tanto tiempo que pierda toda noción de su situación en un nivel casi absoluto como pasa en el texto de Beckett? ?Podría alguien olvidar arrastrando la eternidad del estímulo constante del pensamiento, y volver a reconocer el contexto y el origen de su conflicto? Con solo olvidar durante un segundo ante la aplastante infinidad, ?no podría perderse un conocimiento que eventualmente se torna trivial?

 

 

Vemos así cómo estas dos sorprendentes obras se potencian ante la posibilidad del enlace mediante un puente intertextual inexplorado hasta este momento. Las posibilidades y los interrogantes disparados por estas notas buscan jugar y repensar la idea del conocimiento como salvación.

 

 

por Ricardo Dubatti

 

 

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