El resplandor próximo.

Por caminos solitarios
la poesía marcha
hacia su otoño interior.

Caen palabras marchitas
a su paso.

Palabras como: siempre
como: nunca.

 

 

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La década del ochenta en la fotografía argentina puede pensarse como un punto de inflexión y de expansión en las improntas personales de algunos de sus hacedores. Es por esos años que, junto con el retorno de la vida constitucional, en el campo de la fotografía comienzan a perfilarse con fuerza las variables de un escenario independiente contrapuesto a las estéticas pintoresquistas de los fotoclubs que dominaban la escena. La nueva propuesta fotográfica tenía como objetivo poner en valor la fotografía de autor. Al ampliar sus presupuestos estéticos, y convertir lo mirado en una argumentación de sentido, la sustraía de clichés y de falsas imposturas.

Ya sea desde el retrato, el paisajismo, las escenas cotidianas de la ciudad o sus extramuros, se puede entrever una dinámica interna de revisión y análisis de la práctica fotográfica. Esta situación produjo como resultado imágenes más directas y profundas que se corresponden con los cambios de paradigmas políticos y sociales del momento.

En los años noventa, junto con el registro de los cambios en los paisajes urbanos se acrecienta una apreciación más íntima de los mismos. Las manifestaciones visuales y poéticas tienen como común denominador un indecible desencanto ante los restos de utopías del humanismo pretérito. Se incorporan al relato de la imagen experiencias, recuerdos, cosas vistas y una mirada estética más íntima que todo lo matiza de manera poética.

 

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En igual medida, dado que las prácticas artísticas no se dan de modo insular, podemos ver que en el campo de la poesía se produce una renovación de los lenguajes establecidos y se incorpora un nuevo repertorio de imágenes y situaciones de orden similar.

En este sentido, es posible entrever cómo las imágenes evocadas por los poetas y la labor de los fotógrafos están atravesadas por una misma lengua territorial.

El capitalismo neoliberal y sus consecuencias no ingresan a los poemas para componer un discurso explícito, sino que se cuelan en imágenes monocromas que comentan el paisaje dominado por variaciones de metal oxidado -propio en las industrias abandonadas- o iluminados por los carteles publicitarios que alimentan el consumo: “no hay color, únicamente queda la variación en los tonos de gris” se puede leer en un poema de Martín Gambarotta.

Hablar esa misma lengua territorial se sostiene como un gran lienzo, y se presenta como respuesta a la fragmentación del mundo. La música de fondo de esos días es el grunge, mientras en Europa cae el muro de Berlín.

 

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La obra de Travnik atraviesa como protagonista estos momentos de la fotografía argentina. El paisaje y el retrato son sus áreas de trabajo más destacadas. En tanto paisaje, al componerlos, demora su mirada en fragmentos de zonas urbanizadas, o en sus extramuros. Imágenes que alternan de manera dialéctica entre naturaleza y cultura, entre lo familiar y lo no visto, entre formas que se acoplan a partir de sus diferencias o de su continuidad.

Elabora su poética con elementos mínimos de lo real y la reinventa cuando incorpora a su obra el formato apaisado a las vistas.

 

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Algo resplandece en la sequedad de los detalles fotografiados, en los elementos arquitectónicos más o menos cercanos, que salen al encuentro de quien mira, despojados de su fulgor inicial, abandonados por el hombre al flujo de las leyes de la naturaleza. Algo resplandece en la proximidad material de lo que se ve y se transfigura a través del señalamiento susurrado y crítico que nos expresa el autor.

Encuentro un denominador común en la luz elegida que imprime un carácter distintivo a sus fotografías cuando evita los grandes contrastes entre luces y sombras. Esta elección lumínica logra en la imagen resultante una gradación tonal muy sutil, pero con una fuerte impronta que me evoca a las horas silenciosas de la llanura.

 

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Esta cualidad de luz, y sus resultados fotográficos, puede rastrearse en la obra de Travnik y nos permitiría arriesgar que en esa elección se materializa no solo una propuesta estética sino también el sentido político de la experiencia. Una mirada entonces, sobre el territorio, en sintonía con la poesía contemporánea de García Helder, Gambarotta o Raimondi[i], que da cuenta de los avatares de una experiencia política colectiva que se debate entre la pérdida y la contemplación.

 

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De manera sincrónica a la ejecución de esta serie de fotografías, Travnik elaboraba sus retratos de ex combatientes de Malvinas y paisajes tomados en las islas. La iconografía isleña relevada toma consistencia en función de la luz de esas latitudes en donde la incidencia del sol directo es magra y discontinua. Las vistas resultantes están ordenadas por una paleta monocroma: un muestrario de grises en consonancia con la turba lugareña, y con la desolación que genera el testimonio profuso de objetos sobrevivientes cuando ya pasó más de un cuarto de siglo de finalizada la guerra.

 

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De este modo, Travnik propone una fotografía que resulta consecuente con el paso del tiempo y que no solo depende de los escenarios o de los temas a fotografiar; sino que puede intuirse en la elección de las variaciones de la luz y en cómo esta modela las formas a través de una pasión equilibrada, claridad y nobleza del lenguaje.

 

 

por Julio Fuks

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[i] Daniel García Helder, El guadal, Buenos Aires, Libros de tierra firme, 1994.

Martín Gambarotta, Punctum, Buenos Aires, Libros de tierra firme, 1996.

Sergio Raimondi, Poesía civil, Bahia Blanca, Vox, 2001.

 

 

 

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